El vaso infinito

Producto estrella del “Made in France”, Duralex vive una nueva crisis que puede ser la definitiva para un producto reputado por su perdurabilidad

Muy pocos objetos son capaces de reflejar el espíritu de una época. Los vasos de Duralex, empresa francesa que  esta semana ha entrado en una suspensión de pagos que puede ser definitiva, se encuentran en esa lista.  Duralex, como el Citroën 2CV, la Mobylette o los bolígrafos  Bic, son algunas de las grandes aportaciones francesas a la edad de oro del continente,  ese periodo que se extiende entre el final de la II Guerra Mundial y el año 1973, cuando la primera crisis del petróleo acabó con un largo periodo de crecimiento y de estabilidad. Un economista, Jean Fourastié, bautizó esos años como Les Trente Glorieuses, (Los treinta gloriosos) cuando la sociedad europea accedió de forma masiva al mundo del consumo,  atrapó tecnológicamente a los Estados Unidos y se abrió el paraíso del ocio a las clases medias.

Duralex, que obtiene el nombre del derecho romano (Dura Lex Sed Lex) en alusión a su dureza, fue concebido como el vidrio definitivo, irrompible. Fue un producto desarrollado en la década de los treinta por los ingenieros de Saint Gobain. Inicialmente fue proyectado para fabricar las lunas de los automóviles (en aquellos años la automoción europea estaba en la vanguardia de la innovación como en los 60 lo estuvieron los laboratorios militares californianos). Después lo adaptaron a la fabricación de vasos y platos. El resultado fue un vidrio templado a una temperatura de entre 575 y 635 grados, sometido después a un shock térmico de aire frío. Duralex fue lanzado al mercado en 1945. Lo publicitaron a la manera estalinista: “El acero del vidrio”. E invitaban a los consumidores a utilizar los vasos de Duralex como si fueran martillos. Era verdad. No se rompían. Si acaso explotaban en una nube de pequeños pedazos que apenas cortaban.

Solo una sociedad que había vivido la destrucción de la II Guerra Mundial podía pensar en conseguir  un producto así.  Y, en efecto, fue una victoria para su tiempo. Las crónicas de los escritores del bloque del Este de los años 50 y 60, o las historias orales de la escritora bielorrusa Svetlana Aleksiévich, cuando describen la mediocridad de su entorno, hablan también de esos objetos cotidianos que siempre se rompen o no funcionan y  hacen que tu vida te parezca más gris e insoportable.

El éxito de Duralex en el mercado fue absoluto. La compañía actuó como motor de la renovación de los hogares franceses y europeos, el final de las ajadas vajillas de cerámica. Al sur de los Pirineos, Duralex era el Norte deseable. Las familias viajaban a Andorra para comprarlo y el diario Liberation cuenta que en 1956, cuando el Real Madrid se desplazó a París para jugar una final de Copa en el Parc des Princes , lo primero que hicieron los jugadores fue escaparse a unos grandes almacenes para comprar vasos y platos.

La marca brilló en las décadas de los 60 y 70. La empresa fue insólitamente honesta. O ingenua. Siempre dominada por la mentalidad de los ingenieros que la inventaron. Se mantuvo fiel a los diseños originales. Vajillas transparentes primero. De color ámbar o verde más tarde. Pocas colecciones y escasa variación. Otros productos contemporáneos fueron menos fieles a la durabilidad de sus orígenes. Cuando la química Dupont descubrió que las medias de nilón, otra conquista de aquellos años, duraban demasiado, rápidamente buscó fórmulas que las hicieran más frágiles. La llamada “obsolescencia programada”, el diseño de productos con una vida útil corta destinados a incentivar su recambio por los consumidores, mandaba en la industria. Pero no para Duralex.

La genética de Duralex, su pertenencia a un mundo de ingenieros, le jugó una mala pasada. Cuando llegaron los competidores asiáticos, apenas modificó sus planteamientos. Mantuvo una envidiable relación calidad-precio. ¿Para qué iba a cambiar si sus productos eran perfectos? Tampoco lo hizo cuando apareció Ikea, que acostumbró a los consumidores a cambiar periódicamente los productos de cocina con objetos de diseño nórdico fabricados en Rumanía. Duralex, por el contrario, siguió siendo un producto francés fabricado en Francia (por un breve periodo de tiempo fabricó en España, pero los productos no tenían la misma calidad). Nunca pensaron que un día podían acabar aburriendo al consumidor.

Duralex siempre ha recibido una buena valoración del mundo del diseño. Los americanos adoran el french bistro style de la serie Gigogne. Otra colección, la Picardie está expuesta en el MOMA de Nueva York. Pero la escasa actividad a la hora de renovar colecciones, su alejamiento de las grandes firmas han impedido el florecimiento de una literatura sobre la marca. Daniel Craig, en el papel de James Bond (otro icono europeo) sostiene un vaso Picardie en la película Skyfall. También Cate Blanchett, en Blue Jasmine, de Woody Allen también aparece con un vaso en las manos. Pero eso es muy poco para el  mundo de las redes sociales.

Las exportaciones a los mercados de rápido crecimiento abrieron un periodo fecundo para la empresa. En  Oriente Medio sus vasos son los preferidos para tomar el té. Y la más involuntaria de las publicidades se la dio Osama Bin Laden, que en una fotografía aparece con uno de sus vasos (Afganistán fue siempre un mercado fiel a Duralex hasta que llegaron los chinos).La empresa tiene fama de Ave Fénix por su capacidad de sobreponerse a las crisis. Saint Gobain se la quitó de encima en los 90 y la vendió al grupo italiano Bormioli Rocco & Figlio, que la dejó caer y la revendió a un inversor turco bien intencionado y fascinado por la leyenda. Al final fueron los hermanos Ioannides los que han permitido llegar hasta hoy, cuando la pandemia ha provocado una caída del 60% de las ventas. Paradójicamente, cuando más se habla en el mundo de sostenibilidad y de perdurabilidad, Duralex, pensada para durar, vive la que quizás sea la crisis definitiva.

(Publicado en La Vanguardia el 27 de septiembre de 2020)

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