Crecemos, pero cómo…

Hace seis meses. Comida de trabajo en una de esas multinacionales de la externalización, de las que se han ido comiendo pequeñas empresas de catering, de limpieza, de seguridad… Comida de trabajo de esas que te ponen en fila con la bandeja en la mano y los camareros, sonrientes, te la llenan hasta encima de ensalada porque saben que tienen que quedar bien con las visitas.

Conversación entre periodista espabilado y el jefe de personal sobre los salarios que perciben esos señores y señoras que te atienden sonrientes. ¿Cuándo cobra esta gente? ¿Seiscientos, setecientos euros al mes? ¿Usted cree que con eso se mantiene una familia? El jefe de personal se detiene, provoca el colapso en la fila, se gira hacia el periodista y pone la mejor cara de buena persona posible (los recursos humanos son un arte).
-A ver, yo ya lo entiendo a usted -dice sonriente y en voz baja-, pero seamos serios. ¿Limpiar los suelos, fregar cocinas, hacer turnos de vigilancia de noche, moverse todo el día entre frituras… Eso es una actividad sobre la cual quiere usted construir una carrera profesional y esperar a cobrar trienios? ¿Verdad que no? Eso son trabajos de rotación, para jóvenes, inmigrantes, personas en momentos complicados… ¿Trabajos que no gustan a nadie, verdad?

El periodista quedó callado (y escaldado) y no volvió a pensar en ese hombre hasta este miércoles. En un jurado de esos que premian empresas que destacan. Finalmente, después de premiar a tanto “innovador”, a alguien se le ha ocurrido hacer mención también de las empresas que crean empleo. El jurado, una veintena de personas, escruta los papeles de las candidatas al premio y descubre que -de manera abrumadora- casi todas son empresas de esas de externalización. Empresas que hacen y deshacen contratos a gran velocidad.

El panorama puede parecer desolador. Por cada treinta puestos de trabajo que se crean en este sector, sólo se crea uno en la industria. Por cada treinta contratos temporales, sólo uno fijo. ¡Si este es el retrato de lo que está pasando en el tejido empresarial -y estamos en el Vallès, primer distrito industrial del Estado!- es para ponerse a llorar. Si este es el punto de partida de la recuperación, “estamos jodidos”, dirían los americanos.

Pero el panorama es el que es. Es una pequeña muestra de lo que está pasando. Y bienvenidos sean todos los contratos. Pero si este es un avance de lo que nos espera, tenemos un problema. Porque las pensiones, al final, los que las acaban pagando de verdad, son esos buenos trabajos de la industria. Y las clases medias, esa convención que ha creado la democracia y garantiza su estabilidad, también son cosa de los sueldos en la industria y los servicios avanzados. Eso ya lo saben, lo sabemos todos… Y por lo que comprobó el periodista, también lo sabía el jefe de recursos humanos de la multinacional aquella…

Escenarios: el mundo en 2030

 

El declive de las grandes deslocalizaciones y la edad de oro de las clases medias emergentes

 

No ha habido fenómeno en el último medio siglo que haya tenido mayor impacto sobre los estándares de vida de la sociedad occidental. Entre finales de los setenta y el año 2000, y por razones que van de la revolución de las comunicaciones al fin del comunismo, el mercado de trabajo se hizo global y la disponibilidad de mano de obra prácticamente se multiplicó por dos. La consecuencia de todo ello ha sido una etapa de extrema movilidad del capital y una oleada de deslocalizaciones empresariales en la industria primero y en los servicios después desde los países desarrollados hacia países más pobres.
En la última década, y tras el espejismo de los años de la burbuja inmobiliaria y financiera, y del recurso al crédito para enmascarar la pérdida de peso de los salarios, el sueño de todo gestor público en Occidente ha sido el de determinar dónde está el fin de ese proceso que ha conducido a cotas de desempleo inimaginables.
Un estudio de la consultora PwC – Global Wage Projections – sugiere que ese proceso de “huída” de la industria al Este empieza a detenerse en la medida en que la brecha salarial entre países emergentes y países maduros se estrechará con fuerza en el horizonte del año 2030. La principal causa de ese cambio está en las subidas que experimentarán los salarios reales en países como China. Y en paralelo, a la apreciación de sus divisas con respecto al euro, la libra esterlina y el dólar estadounidense.
Un ejemplo. Si hoy el salario medio chino (siempre en términos reales) es cinco veces inferior al salario medio español, dentro de quince años los salarios chinos representarán ya la mitad de los españoles. Tomando como referencia Estados Unidos, países como Turquía habrán perdido gran parte de su atractivo al ver evaporarse sus ventajas salariales. Para las empresas, la principal consecuencia de esos cambios será la interrupción del proceso de deslocalizaciones hacia Asia, perceptible ya de manera ocasional en sectores como el textil (en Estados Unidos). En otros casos, también, presagia que las deslocalizaciones se dirigirán hacia zonas más cercanas (en el caso europeo, a Europa del Este o el Magreb) con costes menos ventajosos, pero con un entramado institucional más próximo al europeo.
El estudio confirma también algunas intuiciones. Entre ellas, la que apunta a que en las dos próximas décadas, el mundo asistirá a un ininterrumpido crecimiento de los salarios en los países emergentes, y en consonancia con ello, al fortalecimiento de las clases medias en unas sociedades que vivirán una etapa de prosperidad sin precedentes.
Contrariamente, para los países avanzados, el estudio avanza una progresiva pérdida del poder adquisitivo de los salarios, que crecerán siempre por debajo de las ganancias de productividad (como, de hecho, ya viene ocurriendo desde la década de los noventa). En este contexto, la conservación de las instituciones que han conformado el estado del bienestar en Europa será mucho más compleja y apunta a sociedades más frágiles y desiguales.
Pwc se ha fijado la fecha del 2030 al considerar ese periodo un espacio temporal significativo para la toma de decisiones empresariales.
Las cosas no son nunca como se prevén. Ahora mismo, México se ha convertido, de forma inesperada, en un importador neto de mano de obra debido al florecimiento de su manufactura por el aumento de los salarios en China. Del mismo modo, la carrera de las empresas por encontrar países con salarios todavía más bajos no se detendrá. India y Filipinas se perfilan en el informe como un nuevo “infierno” de salarios bajos e instituciones débiles. Pero la larga etapa de deslocalizaciones que se inició a finales de los setenta parece estar tocando a su fin.

Lo que dijo Willie

El capitalismo español, visto con los ojos de Willie Walsh, un irlandés despiadado

 

Michael O’Leary,consejero delegado de Ryanair, está orgulloso de aparecer como uno de los ejecutivos más despiadados del capitalismo aéreo. Si por él fuera, obligaría a los viajeros a ir de pie. Y, de hecho, ha convertido la experiencia de volar en algo menor y, a menudo, desagradable. Pero el mundo es el que es. Y cada vez que hago comentarios como ese, mi hija de veinte años se planta y dice: “Quieres dejar de decir tonterías? ¡Yo lo que quiero es viajar!”.

Willie Walsh también es irlandés. De la misma escuela de O’Leary, con quien cena de vez en cuando (habría que saber qué).
Willie Walsh, el consejero delegado de IAG -la empresa de la que dependen British Airways e Iberia- empezó de piloto e hizo carrera en la turbulenta Gran Bretaña de los años post-Margaret Thatcher. Walsh fue sindicalista, pero se especializó en reventar huelgas. Después cogió British Airways, una vieja dama tocada por la ineficiencia, y la convirtió en una máquina de hacer dinero.

Esta semana, harto de que acusaran a Iberia de todos los males de Madrid y Barajas, Walsh contestó que el problema es Madrid, no Iberia; que “yo no trabajo para los poliíicos, sino para los accionistas”. Y que no entendía por qué hablaban y hablaban tanto…

Con eso, Willie decía que el capitalismo que practica es poco social, que su compromiso con lo que le rodea es mínimo. Pero también estaba desnudando -como el rey del cuento- a la clase política española al poner en evidencia las dificultades de un determinado capitalismo -dejémoslo en castizo- para adaptarse a la ley de los mercados. Ese capitalismo en el que la lógica del mercado se envenena siempre por el proyecto político. El de la candidatura olímpica fallida por no se sabe qué conspiración. El mismo que lleva a decir a la alcaldesa de Madrid que (su) crisis pide “una reflexión y un esfuerzo nacional porque es el aeropuerto de todos”.

Después Walsh dijo aquello de Vueling. Dijo que la empresa se quedaría en Barcelona aunque Catalunya quedara fuera de la Unión Europea. Lo más seguro es que Walsh ni siquiera lo haya consultado con sus abogados. Pero era una manera de decir: “¡Eh, basta, yo me dedico a los negocios, no me mareen con tanta política!”. Curiosamente, la Catalunya que hizo la cadena, la que sueña con viajar a Ítaca, la que se tiene por una de las sociedades más progresistas de Europa, recibía la primera palmadita de un individuo como Willie Walsh.

Porque la última lectura de lo que dijo el irlandés es esta: estamos en un mundo maduro, global, donde todo el mundo nos mira. Y en este mundo los problemas no se arreglan con un “eso no toca” o con la amenaza del apocalipsis. Para resolver los problemas, se tiene que convencer. Y eso no sólo es necesario para resolver el conflicto entre Catalunya y España . También lo es para la propia supervivencia de España en el mundo.

(Publicado en La Vanguardia el 28 de septiembre de 2013)

Crítica del libro de Miquel Puig, “La Sortida del Laberint”

Si a alguien le preguntaran qué diferencia las crisis de la economía española a las de los países vecinos, la respuesta sería obvia: el paro. El desempleo en España ronda el 25% (más del 30% en las comunidades del ur), supera con frecuencia la cota del 20% y no baja del 10% en los años de bonanza. Forma parte de nuestro paisaje habitual y se trata de una brutal anomalía que hace dudar de la capacidad española para homologarse con otras economías del euro.

Visto más de cerca, el problema no es que la economía española no cree empleo cuando las cosas van bien. Lo hace: más de 4 millones entre el 2002 y 2007. El problema es que casi todo ese empleo es de baja calidad y lo absorbe mayoritariamente la inmigración, que se activa en los periodos de expansión. Eso sí. Desaparece tan rápido como ha llegado. Y lo que es peor, no reduce el paro existente (de 1,9 a 1,8 millones de parados entre el 2002 y 2007). Es decir, hay un abismo insalvable entre las expectativas y lo que la economía da de sí. Es así como los hijos de la clase media, formados para empleos más calificados, se ven obligados a aceptar trabajos por debajo de su calificación, a emigrar o a seguir en casa….

Ese es, a grandes rasgos, el punto de partida del libro de Miquel Puig, que indaga en los males de la economía española (y catalana). El autor encuentra las causas de esa anomalía en el modelo de crecimiento español del periodo 1980-2010, en el que la construcción y el turismo de masas han monopolizado el crecimiento y desplazado (de las prioridades políticas, del crédito bancario, del imaginario colectivo) otras actividades que, como la industria, crean mejores empleos e incrementan la competitividad.

Miquel Puig llama al primero crecimiento extensivo: hacer más de lo mismo con más gente. En contraposición al modelo intensivo: hacer las cosas mejor. Alemania sería el ejemplo de ese segundo modelo. Focalizado en la industria, de crecimiento más lento pero estable, capaz de crear empleo de calidad y socialmente cohesionado. El crecimiento extensivo ha florecido en los países del sur, aunque ninguno en la medida que lo ha hecho en España.

Puig no reprocha a los empresarios que hayan elegido la segunda vía. Dados a escoger, razona, siempre optarán por el camino más fácil y menos arriesgado. “Reproducir la actividad es siempre menos exigente que el cambio continuo del modelo intensivo”. Mejor construir hoteles, pues, que desarrollar tecnología. El problema es lo que viene después: una sociedad algo más mediocre, menos cohesionada, con menos oportunidades para su población? ¿Por qué se persiste en esa vía? Porque manda la agenda de las finanzas, la construcción, las grandes empresas reguladas. No la de la industria.

¿Hay escapatoria a la maldición? Sí. El País Vasco ha reducido sensiblemente el paro en ese periodo. Gracias al concierto fiscal, pensarán. Probablemente. Pero gracias también a una agenda industrial, dice Puig.

Catalunya, por el contrario, país de vocación germánica, habría abandonado la recta vía para, tras la crisis de los 80, entregarse al turismo de masas y la construcción. Todo ello a un precio. Catalunya habría dejado de ser la sociedad cohesionada que fue. La demógrafa Anna Cabré, de la que Puig echa mano, acuñó en su día el término “modelo catalán de reproducción” para describir ese engranaje. Bajas tasas de fertilidad para invertir en educación; ascensor social en pleno funcionamiento y una burguesía que invertía en la industria? Eso es lo que se ha perdido. Y lo que Puig reclama que se recupere.

 

(Publicado en el suplemento Dinero de La Vanguardia el domingo 22 de septiembre de 2013)

Nacionalismo aéreo

Nacionalismo aéreo

 

Barajas llora por su futuro como ayer lo hizo El Prat. Y lo que ayer se criticaba es hoy el manual de instrucciones

 

 

Hace ocho años, Iberia anunció que abandonaba el aeropuerto de Barcelona y un aire gélido se coló en los despachos de las instituciones y de alguna organización empresarial. A poco que se despistaran, Barcelona quedaba fuera del mapa de la inversión global. Hubo actos públicos con empresarios motivados y las instituciones crearon un comité para ver qué hacer. Los más lanzados, en una poco habitual alianza entre lo público y lo privado, compraron Spanair para convertirla en palanca empresarial con la que apuntalar esa estrategia.

Barcelona salvó los muebles, pero sólo en parte. Ganó moral, inauguró una segunda terminal con amplia capacidad (aunque, de hecho, ya estaba proyectada) e incluso ganó algún vuelo intercontinental. Pero no se creó el “hub” que todos querían. Y Spanair naufragó. Seguramente porque no era el mejor momento para comprarla. O porque el sector público (que era el que llevaba el mayor peso de la financiación) se estaba quedando sin dinero. O por la hostilidad del entorno: Qatar Airlines, tentada como accionista de último recurso, huyó amedrentada. Y todavía no ha explicado por qué.

La percepción de lo ocurrido por parte del mundo económico fue tremendamente negativa: Catalunya había creado una especie de frankestein empresarial. Y el mayor argumento que llegó de Madrid fue esa manía catalana en cuestionar las leyes del mercado. Obviaban que Iberia era también un artefacto público-privado, una línea de bandera acolchada con los créditos de Caja Madrid. Pero la acusación más importante fue esa: la manía en saltarse el libre mercado.

Pero, ya ven, el libre mercado es una convención que se adapta siempre a las circunstancias. Hoy es el aeropuerto de Barajas el que se siente amenazado. En parte por una pésima coyuntura turística local. En parte también por la sorprendente estrategia de Iberia, que ha acabado fagocitada por el consorcio IAG, con sede en Londres. En paralelo, un capitalismo madrileño que no ha podido estabilizar un núcleo de accionistas capaz de hacer gravitar la empresa sobre Barajas. Ahora Madrid se moviliza. Lo hace en mejores condiciones que Barcelona. Pero con el mismo formato público-privado que tanto se criticó. Y con el añadido de la ayuda del Gobierno español.

Es una tremenda lección para algunos. La economía española es hoy un espacio abierto. Inserida en un mercado global en el que los territorios compiten entre sí para atraer flujos de inversión. Y los aeropuertos son los escaparates de esa estrategia. Es un modelo en el que hay ganadores y perdedores y en el que hay que dormir con la pistola debajo de la almohada y el manual de marketing en la cabeza. De ahí ese neomercantilismo generalizado que en la práctica deriva en nuevas formas de nacionalismo económico. Aquí, y allí.

La diferencia está en que unos lo reconocen. Y los otros no.

 

(Publicado en La Vanguardia el sábado 21 de septiembre de 2013)

 

“Com Àustria i Dinamarca”. Crítica del libro

El norte ha sido uno de los componentes esenciales del imaginario catalanista desde sus inicios. El norte, como sinónimo de tolerancia y de modernidad en lo cultural y en lo político; el norte, definido más tarde como la Europa democrática, punto de llegada del largo viaje iniciado en la noche del franquismo. Parece coherente, pues, que el norte, esta vez concretado en el norte germanizado, estable y democrático, sea la referencia económica de la última transformación del catalanismo, el soberanismo o ya más abiertamente el independentismo, convertido en potente factor de movilización de buena parte de las clases medias .

“Com Àustria o Dinamarca” es el significativo título de este libro que busca imaginar cómo sería la economía de un futuro Estado catalán, cuáles serían sus fortalezas y cuáles sus carencias. Y el libro consiste, en parte en eso, en un ejercicio de benchmarking con otras economías, camino abierto en la última década por colectivos empresariales como FemCat, que han buscado en Finlandia, Israel, Massachussets o Baviera el modelo sobre el cual reconstruir la economía. “Com Àustria o Dinamarca” es también lo que respondió Artur Mas cuando se le preguntó, hace unos meses, cómo sería una Catalunya separada de España.

Ocho son los países elegidos con los que los autores del libro se comparan: Austria, Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Irlanda, Noruega, Países Bajos, Portugal, Suecia y Suiza. Con todos ellos guarda Catalunya un tamaño parecido en población y en PIB per cápita. Se encuentra también en la mediana de ese grupo de países en cuanto a riqueza. Pero es más desigual y estaría perdiendo algunos de los rasgos que le han permitido llegar hasta aquí: la cohesión social interna y la cultura industrial que la caracterizó y modeló su crecimiento durante años. Finalmente, la gran anomalía: como España, Catalunya tiene un desempleo tan elevado que sería uno de los obstáculos de partida del nuevo Estado, tanto o más que la elevada deuda soberana que le tocaría asumir.

En otros casos, Catalunya cuenta con un elevado potencial. Por ejemplo, en infraestructuras. Tanto el puerto como el aeropuerto barcelonés estarían a la altura del nuevo reto. Aunque para ello, claro está, Catalunya debería poder decidir plenamente sobre su gestión.

La presencia en el grupo de países elegidos de Irlanda y Portugal no debe despistar al lector. Son los otros seis países los que los autores del libro se fijan como meta. Todos ellos, o casi todos, teñidos de una moral calvinista que impregna sus instituciones; todos ellos virtuosos en aspectos como el déficit público; todos ellos pagano s en la actual crisis del euro. Y todos ellos satelizados por el modelo alemán, cuyo tamaño y potencia escapa a cualquier comparación.

¿Solventaría la independencia, de facto, todos los problemas de que adolece Catalunya? Los autores responden que no. Pero sí permitiría aplicar las políticas que deberían aproximarla a los países antes mencionados. Porque esa es la otra idea implícita en el libro. El convencimiento de que el actual sistema económico y político que gobierna España es incapaz de conducir esa transición y conseguir que Catalunya se sienta cómoda en ella. Un convencimiento que descansa en una decepción: España estaría practicando una política de centralización que margina Catalunya y habría elegido un modelo de crecimiento que descansa en la construcción y el turismo de masas, que se ha revelado empobrecedor en muchos aspectos. Fin de ciclo, pues, tras treinta y tantos años de democracia.

“Com Àustria o Dinamarca”

Modest Guinjoan, Xavier Cuadras Morató y Miquel Puig

Editorial Pòrtic. Barcelona, 2013

Publicado en La Vanguardia el domingo 15 de septiembre de 2013

En la casilla de salida

Se acerca el fin del verano y ya se puede decir: estamos donde estábamos.

Algo más bronceados, algo más pobres, algo más viejos. Pero exactamente donde estábamos. En la casilla de salida. La recesión ha pasado pero nos ha dejado una economía estancada. Y unos cuantos millones de parados más. El FMI dijo hace unos días que lo que ahora hace falta es reducir un 10% los salarios. Como la economía no crece, bajemos todavía más los salarios y conseguiremos que -por ciencia infusa- los empresarios contraten más. Es una idea atractiva, tiene gancho porque es simple de entender. Pero no suele funcionar. Y nos puede volver a hundir en la recesión. Demasiado para una sociedad que roza la desestructuración.

Es difícil no sentir cierta sensación de impotencia ante la propuesta. ¿ España no avanza a pesar de nuestras recetas? Lo sentimos mucho, pero no hay otra política. ¿ Grecia no sale del agujero? Pues preparemos un tercer rescate, dicen los alemanes y el presidente del Eurogrupo . Hay un consenso abrumador en el mundo económico sobre los límites de las políticas de austeridad. La situación en la Europa del sur, dicen, no es sostenible por mucho tiempo y amenaza las bases de la convivencia y la democracia. Pero las políticas económicas no cambian.

Lo más relevante de esta propuesta es que al recomendar bajar los salarios, el FMI nos dice cómo nos ven. Como una economía de segunda, que sólo sabe hacer casas baratas, carreteras caras y productos a bajo precio. De vez en cuando, también, algún futbolista o algún cocinero, porque a alegres y guapos no nos gana nadie… Pero ningún producto de vanguardia (o pocos) de esos que deban inquietarles. Por eso la propuesta incomoda tanto. Porque lo que dice es que no se fían de nosotros como economía de primera. Ustedes, vienen a decir, a hacer productos baratos y a entretenernos.

Agosto acaba con cifras turísticas estratosféricas y con las exportaciones bien alineadas. Pero ni el turismo dará trabajo a la gente que ha salido de las universidades los últimos años (excepto que acepten trabajar en aquello que no imaginaban) ni el milagro exportador suscita grandes reflexiones en las autoridades. ¿Porque no contratan más a los empresarios? Porque no tienen mercado. Y porque aunque se ponga el acento en los costes laborales, lo cierto es que las condiciones financieras y los costes de la energía siguen siendo imposibles. ¿O no saben que la resurrección industrial americana es fruto de una energía barata? Dando prioridad a la industria, probablemente la recuperación sea más lenta, pero cada empleo que se cree será más resistente al vendaval de la próxima crisis, lo que no ocurre con los empleos del turismo y la construcción. De paso, cumpliremos con la promesa implícita en la que ha vivido mi generación: que esta era una sociedad moderna y de Europa. Estamos donde estábamos. Ahora sólo tenemos que saber cómo crecer.

Destacado: Se ha acabado la recesión, pero esta es todavía una economía atascada, sin una estrategia para crecer