La nueva Caixabank

El hijo de unos amigos trabaja en un banco de capital ruso con sede en Londres. Es un banco digital en el que operas a través de una app y una tarjeta de crédito. Pronto también dará prestamos, posibilidad que ahora está restringida solo a dos o tres países y para lo cual utilizan un algoritmo que les ahorra horas de estudio. Al hijo de mis amigos lo contrataron en plena pandemia y solo ha tratado  presencialmente con sus superiores una vez desde entonces. El resto, desde la formación a la operativa, ha sido a distancia. También para los clientes. Lo que cuenta ahora no es el trato personal sino lo que se conoce como “experiencia de usuario”. Aseguran que en el futuro todos los bancos serán así. Y que algunos de ellos serán filiales de grupos empresariales como Amazon, que tiene  ganas de entrar en el negocio financiero porque no sabe qué hacer con tanta liquidez.

Son organizaciones que tienen muy poco que ver con las que alcanzaron su zenit en las décadas de los 70 y 80, bancos y cajas de ahorros que llenaron de sucursales las calles de las ciudades y que contrataron a miles y miles de personas. Uno de los sueños más fácilmente realizable de los padres de clase media en aquellos años era ver al hijo trabajar en un banco o en una caja de ahorros. Insistían en que era un trabajo para toda la vida, para el no hacía falta tener muchos estudios. Era  más importante tener una buena recomendación, de algún prócer local,  saber pasar el examen psicotécnico y comprometerse a ser una persona responsable.

-¿Tiene usted novia? -le preguntaban al candidato adolescente.

– No, no tengo novia

-Mucho mejor -respondía el jefe de personal- así no perderá usted el tiempo pensando en tonterías.

Y era verdad. Una semana después, el candidato ya estaba esclavizado delante de una destartalada máquina de calcular Burroughs (empresa propiedad de la familia del conocido escritor beat) sumando montones de letras de cambio.La banca era entonces la expresión más tangible del poder. Y lo más cerca que uno podía estar de ese poder era en Barcelona. En la plaza de Catalunya. En un edificio gris y macizo con un gran reloj en la fachada. Una de los plantas del edificio estaba llena de despachos con las paredes revestidas de madera oscura veteada que olían a puro. Por los pasillos circulaba una señora con cofia que servía las comidas. Y, con mucha suerte, un día podías cruzarte con la autoridad suprema, un señor que de vez en cuando visitaba el edificio y que tenía apellido de almirante de la Armada.

De todos los sectores económicos, el financiero ha sido históricamente la representación máxima del poder. Y la sede de los bancos, fuera en forma de capitolio o torre acristalada, el lugar donde habitaba. Un país no era un país de verdad si no tenía un sistema financiero, con un banco central que controla el dinero y una red de bancos.

La historia catalana de los últimos años ha estado condicionada por esa frustración. En los 90 se creó una asociación de nombre Barcelona Centro Financiero Europeo que quería convertir la ciudad en un centro financiero internacional. No era una fantasía. Desde Nueva York soplaban aires de liberalización en el sector. Edimburgo era una capital financiera que funcionaba al margen de Londres. Y Frankfurt tenía más bancos que Munich o Berlín, a las que miraba por encima del hombro.

Pero las cosas eran más complejas en España. Desde 1980 y en paralelo al despliegue del estado autonómico, la economía había iniciado un irreversible  proceso de concentración en Madrid. Una de las palancas de esa centralización era la regulación. Los grandes negocios (la energía, las telecomunicaciones, y también la banca) requerían de una complicidad estrecha con la administración del Estado. Barcelona quedaba fuera de esa ecuación. La ciudad tenía entonces un banco grande, una caja más grande y diez cajas pequeñas. Que parecían fuertes en su pequeñez. Pero que cayeron con el primer vendaval, la crisis del 2008.

El sorprendente desenlace de esta historia ha sido la  compra de Bankia por Caixabank. Es decir, que finalmente haya sido un banco catalán -de capital y origen catalán- el que dominará el futuro inmediato del panorama financiero español. Aunque visualizar esa hegemonía  no es fácil. La sede del banco está en Valencia, ciudad convertida en algo parecido a una Suiza neutral después del traslado allí del domicilio social días después del referéndum del 1 de octubre. El presidente, José Ignacio Goirigolzarri, es  el único  superviviente de la banca vasca (llamada de Neguri, por el barrio de Getxo en el que vivían los accionistas) que fue derrotada y fagocitada por el capital madrileño en los 90. El consejero delegado tiene la residencia en la capital española y pasó por Londres antes de acabar en la Diagonal como gestor. El primer accionista es una fundación catalana con sede también en Valencia. Y el segundo accionista el Estado, atrapado en el banco absorbido. Su mayor deseo es marchar lo antes posible.

¿En qué lugar residirá el poder del banco? No es fácil decirlo. Ni tampoco cuál es la respuesta territorial sea correcta. En la nueva Caixabank, Barcelona deberá pelear para que muchas de las actividades del nuevo banco se queden en la ciudad. Retener los buenos empleos, que será lo que al final contará.  Pero el poder… el poder estará cada vez más en la nube, como el negocio digital, que supera ya el 60%  de la operativa. En los buenos viejos años la banca decidía gobiernos, impulsaba grandes operaciones, financiaba sectores enteros. Desde la crisis financiera del 2008, que inauguró una etapa de tipos de interés cero o negativos, los bancos son distribuidores de la liquidez del banco central, suministradores de servicios que no están solos y a los que les han aparecido toda clase de competidores. La fusión es la respuesta a este nuevo escenario. Vendrán otras, con escenarios y protagonistas cada vez más lejanos.

(Escrito el 23 de septiembre de 2020. No publicado)

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