Después del tsunami

En medio siglo, el turismo ha cambiado el país de manera irreversible. Motor central de la economía, la pandemia será un terremoto para el sector. Cambiar de modelo será muy difícil

El domingo pasado cené en una calle del Eixample, cerca del mercado de Sant Antoni, en una zona que ahora está llena de restaurantes asiáticos. Quedaba media hora de luz y, sentado en una terraza, me di cuenta de que el paisaje humano era muy diferente al que estaba acostumbrado. La gente paseaba sin prisa. Vestían de manera discreta, la ropa que llevaban no era de colores llamativos. Y todo el mundo era mayor. La ciudad parecía haber perdido velocidad y por un momento habíamos vuelto a los setenta.


Algunos amigos que en las últimas semanas han veraneado en les Illes dicen que se emocionaron al recuperar el paisaje de antes de la gran invasión, las playas tal y como las recordaban hace cincuenta años. A mí, ver Barcelona como la vi este domingo me provocó una sensación agridulce. Los locales hemos recuperado Barcelona, pero la ciudad está tan hecha al turismo, ha estado tan modelada por esa industria, que cuesta hoy verla de otra manera.


Hay quien piensa que la Barcelona de los 70 había sido una ciudad vibrante. No les diré que no. Pero la memoria es traicionera. Hace cincuenta años, el trozo de la calle Sepúlveda donde cené el domingo era una zona con mucha actividad. Llena de talleres y de tiendas donde vendían y reparaban aparatos de radio. Con bares donde los menús se pintaban a mano sobre los cristales. Pero también era un mundo gris, mentalmente más cerrado. Donde lo único que te permitía soñar era el nombre de una granja en la que hacían buenos croissants. Se llamaba Mar del Plata.


La Barcelona de las últimas décadas se explica (sobre todo) por el turismo. No es una impresión de domingo de agosto. En el último informe de Mckinsey sobre clústers en Europa, The future of work in Europe, Catalunya no aparece como una economía diversificada sino como un área turística (tourism haven). Lo explica Jordi Maluquer en la “Historia mundial de Catalunya” de Borja de Riquer. Catalunya es un modelo único de éxito turístico. Con la Costa Brava ya bautizada en 1908, el turismo de masas de los 50 y 60, Port Aventura, los cruceros, el turismo urbano, la gran ciudad de ferias y congresos, las estancias de estudiantes de posgrado en centros públicos y privados… Primera región de Europa en alojamientos turísticos (sin contar alquileres no registrados). Todo, vaya.


En cambio, nuestro imaginario se alinea aún en los valores de la sociedad industrial, los del trabajo bien hecho y el levantarse temprano. Sorprende porque el turismo no es el complemento de una economía que se ha diversificado. ¡Es el núcleo central de esta economía! El rechazo a entender su importancia tiene que ver con las connotaciones negativas del negocio. Crea puestos de trabajo peor pagados que la industria. Y sabemos que una economía estructurada en torno al turismo tiene un corto recorrido. Más ahora, que es la actividad más castigada por la pandemia.


Pero la realidad es que no se llegó al turismo de forma accidental. Así como la burguesía del XIX escogió el camino de la industria, los capitales de finales del siglo XX encontraron en el turismo una mina de oro. Este verano se ha escrito en las redes de un libro del historiador francés Fernand Braudel, “Le modèle italien”, donde intenta averiguar porque Italia, tras haber dominado económica y culturalmente Europa durante dos siglos (1450-1650) entra en una profunda decadencia. Una explicación común es que la lucha contra la Contrarreforma protestante absorbió todas las energías de la Italia católica. Braudel, sin embargo, aventura otra explicación: los capitales de la poderosa burguesía italiana se habían invertido allí donde sus banqueros lo habían aconsejado que obtendrían mayor rendimiento: la deuda pública y la agricultura. Los italianos se habían convertido en rentistas refinados. Habían dejado de pensar en el comercio y habían renunciado a la batalla industrial al perder las rutas marítimas, que acabaron en manos de holandeses y británicos. Gente menos culta y refinada, más hambrienta, pero más ambiciosa.


La historia puede parecer lejana. Pero reverbera en el actual declive industrial occidental (allí donde el historiador dice holandeses y británicos, pongan chinos). E ilumina el repliegue local de la industria en las postrimerías del siglo XX y la atracción por el turismo. Una elección que parecía tener mucho sentido. Era un negocio que no requería una gran tecnología, nuestro entorno y clima eran ideales, la globalización iba como un cohete. Las clases medias se habían acostumbrado a tres y cuatro viajes anuales. El turismo era lo que engrasaba los ejes del inmobiliario, de las finanzas, el comercio, el transporte, la restauración… Pese a los salarios bajos, las desigualdades y la destrucción del paisaje. El peso del turismo en el PIB era superior al 12% pero el efecto arrastre en la economía, mayor.


Hoy se habla mucho de la oportunidad que ofrece la pandemia para cambiar de modelo de crecimiento y rehacer así un camino que se percibe equivocado. Ciertamente, queremos tener una industria más limpia, digitalizar la economía, potenciar sectores más productivos con margen para la innovación. Pero también hay que ser realistas: la importancia del turismo en la economía ha sido tan abrumador en los últimos años que esta transición será larga y dolorosa. Seguramente al final del camino habremos conservado mucho del mundo al que el turismo nos había acostumbrado. Y eso con suerte: no tenemos alternativa para dar trabajo a tanta gente.


El otro día le preguntaban a Andreu Mas Colell por el futuro del turismo. Respondióa: “No podemos prescindir de él. Yo eliminaría la palabra turismo y hablaría de visitantes, que incluye gente que viene a conferencias, estudiantes que vienen a hacer un máster o una cosa intermedia, que son teletrabajadores que vienen para dos o tres años”. El turismo, según como, lo es todo. Y en nuestro caso nos ha cambiado tanto la vida como lo hizo la industria en el pasado.

(Publicado en La Vanguardia el 30 de agosto de 2020)

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