La batalla de las pensiones

El gobierno del PP sospecha que en materia de pensiones puede haberse metido en una trampa para elefantes

El 15 de mayo del 2011 tuvieron lugar las primeras manifestaciones del movimiento de los indignados. Después llegaron las ocupaciones de plazas. El 15-M pedía una democracia más participativa, mayor separación de poderes, menos poder para la banca y menos PP-PSOE. Reflejo del malestar en plena recesión, la segunda desde el inicio de la gran crisis, el 15-M introducía también un nuevo elemento de confrontación. El conflicto entre generaciones. Mayores contra jóvenes, instalados contra aspirantes.
Politólogos, sociólogos y economistas tardaron sólo meses en detectarlo. La crisis beneficiaba a los mayores en detrimento de a los más jóvenes. Los jóvenes entraban, si entraban, en el mercado laboral, en condiciones muy duras. Y los sindicatos daban prioridad a los asalariados con contrato indefinido. La aparición de Podemos y la crisis del bipartidismo es la del descubrimiento de que los instalados iban a trabajar para ellos. La clase política, en su mayoría todavía la gente del baby boom español, pensaba poco en el futuro.
En ese esquema, las pensiones fueron un elemento clave. Tanto para el PSOE, pero sobre todo para el PP en plena crisis, el mantenimiento del poder adquisitivo de las pensiones fue básico. En las declaraciones políticas se hablaba de la necesidad de reformar el sistema (que se acabó aprobando en 2013), pero en la práctica el olfato político decía que no se podía tocar a los pensionistas. Eran el grueso del voto a los dos grandes. Los pensionistas, en realidad, fueron el colectivo cuyas rentas salieron mejor paradas de la crisis. Si es que se puede hablar en esos términos de una crisis que hizo mucho daño y de la que todavía hay sectores que no se han recuperado.
Fin de la historia y regreso a la actualidad. En las últimas semanas, para sorpresa de la clase política y de los sindicatos, los pensionistas han salido a la calle. No están conformes con el modelo de actualización de las pensiones (que está por debajo del crecimiento de los precios al consumo). No harán acampadas. No ocuparán plazas. ¡Pero son tantos y tienen tanto tiempo para dedicarlo a ello! Y, por lo que se puede ver, tanta o más moral de combate que los jóvenes que les precedieron en la calle. Hoy, el que ha sido el gran beneficiario de la política de “apaciguamiento” salarial de los mayores durante los años de la crisis, el Partido Popular, sospecha que hay que virar. Que puede haberse metido en una trampa para elefantes de la que debe salir a toda velocidad.
Pero el conflicto tiene compleja solución. Las pensiones absorben el 40% del presupuesto público. Las reformas del 2013 (la contención que tanto irrita a los mayores) están pensadas para que ese porcentaje no se mueva demasiado. Los recursos que se destinan a pensiones son una decisión política. No hay nada que impida poner más dinero. Pero eso implica que el PP se aleje de la ortodoxia y el consenso de los mercados. Además, ¿de cuánto dinero están hablando los manifestantes? ¿Se resolverá todo con un par de subidas vinculadas al incremento de la inflación? La respuesta, como siempre, dependerá de los sondeos electorales.

 

(Publicado en La Vanguardia el 3 de marzo del 2018)

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