Los pollos perdidos

El colapso de la cadena logística que suministra a KFC revela la complejidad de la economía moderna

Están las pizzas, las hamburguesas, las salchichas… Y está Kentucky Fried Chicken (KFC). Los fans de la comida rápida aseguran que no hay nada tan contundente ni menos políticamente correcto que los pedazos de pollo que KFC sirve rebozados. Lo del rebozado es importante. Es en la rocosa fritura (y en los misteriosos ingredientes no revelados) donde está el foco diferencial de la empresa. Olvídense de conocer de dónde salen los pollos (como informan ya algunos competidores). Aquí no importa si retozaron libremente en el maíz o si vivieron enjaulados. En KFC, lo decisivo es la fritura. Los pollos llegan de fuera.
Todavía hoy, más de la mitad de restaurantes de esta franquicia de comida rápida en el Reino Unido siguen cerrados. No hay materia prima. No llegan los pollos. El funcionamiento de KFC, como de otras empresas de comida rápida, depende de una compleja cadena logística. Es una actividad externalizada, un “outsourcing”. En un extremo están las 500 granjas en Inglaterra e Irlanda que suministran diariamente los pollos. En otro, una flota de transportistas. En el corazón del sistema, una gran empresa logística que gestiona el almacenaje de la carne y su posterior distribución con la asistencia de un software especializado.
Los colapsos en los sistemas logísticos no son raros. Y en el caso de la alimentación son llamativos, porque afectan a los clientes. El colapso de la cadena logística de KFC empezó el 14 de febrero a las 1:40 horas de la madrugada. Con un accidente de tráfico que implicó a siete vehículos y que dejó fuera de juego tres ejes de autopistas en Rugby, en el centro de Inglaterra, donde se encuentra el almacén logístico. El resto ha sido la incapacidad del operador para gestionar la crisis.
El colapso de KFC revela a grandes rasgos la realidad del actual panorama productivo. KFC cambió de proveedor logístico el pasado noviembre. Rompió con Bidvest, empresa especializada en suministro de cadenas alimentarias y cambió a DHL, filial logística de Deutsche Post. DHL lo hace más barato y con menos gente. Pero lo ha hecho mal. Dicen que KFC ha sido víctima de la cultura del “race to the bottom” –algo así como carrera hacia el abismo-, en la que está instalado el “outsourcing”. Es una política que busca la reducción de costes a cualquier precio. Que permite aumentar los beneficios de las corporaciones. Pero que no favorece precisamente ni a trabajadores ni a consumidores.
Para acabar. Si ustedes tienen un pariente algo hipster o del que sospechan que es vegano, seguro que les dirá que KFC es lo más “trashy” que puedan saborear. No le hagan caso. En 1973, Kentucky Fried Chicken se empleó en una inusual campaña de marketing en Japón para convertirlo en el pollo de la cena navideña. Tan bien lo hicieron que ahora, en las noches de la Navidad japonesa, se forman grandes colas para comprar pollos del KFC, convertido ya en tradición. Nunca digan de esta agua no beberé.

 

(Publicado en La Vanguardia el 24 de febrero del 2018)

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