Conspiración paranoide

La tecnología tenía que hacer el mundo más predecible, pero ocurre todo lo contrario

 

La mañana del domingo 7 de enero llegó a mi teléfono móvil un link con el contenido completo de Fire and Fury, Inside The Trump White House, el libro de Michael Wolff que hace temer por la capacidad de ese hombre para gobernar Estados Unidos. El contenido viajó a través de whatsapp. El libro había salido a la venta dos días antes en Nueva York y, como yo, lo recibió mucha más gente incluso con más antelación.
Traten de imaginarlo. En uno de los domingos más felizmente aburridos del año, un día gris y con llovizna, llega por whatsapp un contenido que interpela con urgencia al que lo recibe y que le recuerda, por si lo había olvidado, que forma parte de una comunidad global. Y que le provoca la duda de si lo más apropiado para sentirse informado es dedicar las siguientes horas a leer un libro de cotilleos sobre Trump. O si, por el contrario, lo mejor es seguir mirando el día por la ventana con cara de pez.
Esa misma mañana llama un buen amigo a casa. También ha recibido el mensaje con el libro. Está deprimido y algo paranoico. “¿Por qué me lo envían? ¿Con qué objetivo? Añoro aquellos años en que una cosa iba detrás de la otra y tenía tiempo para todo”. Asegura que hace meses que tiene la sensación de que las cosas van demasiado de prisa. Él era de los que pensaba que la tecnología iba a hacer el mundo más predecible. Pero está pasando justo lo contrario. Las redes sociales han desbordado su capacidad para entender los acontecimientos y su manera de ver las cosas. Desencadenan polémicas agotadoras con efectos imprevisibles. Y han hecho de su teléfono móvil su mejor amigo/enemigo, un objeto que le tiene siempre en vilo. Él pensaba (deseaba) que con el principio del nuevo año “las cosas se iban a calmar” después de un 2017 vertiginoso. Que todo volvería al orden natural. Pero el whatsapp sobre Trump le había sacado de ese equívoco. No hay descanso
Tienen razón si piensan que este es un artículo recurrente. De forma periódica aparece algún psicólogo o sociólogo que se refiere a este tipo de miedos en términos apocalípticos. Que asegura que la aceleración del tiempo está llegando a límites incomprensibles. Que el móvil va a cambiar nuestra percepción de las cosas. O que la naturaleza adictiva de las redes sociales causa trastornos entre los más pequeños. Pero es que el año empieza del mismo modo: dos importantes accionistas de Apple (Jana Partners LLC y el Fondo de Pensiones de los Maestros del Estado de California, CalSTRS) han enviado una carta al presidente de la compañía para que se ponga al frente de la investigación sobre los efectos patológicos del uso excesivo de estas tecnologías.
Piensan que tarde o temprano las autoridades regulatorias se fijarán en las redes sociales y en las grandes tecnológicas como antes cayeron sobre los casinos o las tabaqueras. Y que eso dañará el valor bursátil de Apple a medio plazo. No me negarán que el argumento, ahora mismo y visto con distancia, parece una conspiración paranoica. ¿O no?

 

(Publicado en La Vanguardia el 13 de enero del 2018)

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