¿Deberían volver?

El masivo traslado de sedes empresariales a Madrid culmina un movimiento que actúa con fuerza desde los 90

 

Cuando acabe el año, serán alrededor de 3.000 las empresas que habrán trasladado su sede social de Catalunya. Más o menos. Entre las grandes, las que operan en los sectores regulados, porque cuando el futuro es incertidumbre, no hay mejor calor que el que emana de los despachos en los que se redactan los decretos. La banca y la energía las primeras. Algunas, en respuesta a la pérdida súbita de depósitos. Otras aconsejadas por el abogado o el asesor aquel tan bien introducido en Madrid y al que han sugerido que… También hay empresas del gran consumo, para las que el boicot o la prevención contra un posible boicot (en el mercado español, su principal mercado) aconseja irse. Otras se van por convicción: no les gusta cómo van las cosas. En cambio, no se van, o se van muy poco, las multinacionales. O las empresas que exportan mucho. E incluso las que se quedan por convicción. Que también las hay.
Hay que reconocerlo. Ha sido un traslado que dejará huella en las instituciones que dicen representarlas. Hay quien dice que el fenómeno es reversible. Que se verá el 21-D. Pero los movimientos tienen ciclos largos. El suflé ha tardado años en formarse. Tardará tiempo en mutar a otro estado de la materia. Lo mismo puede decirse de las empresas. Ya que han cambiado la sede, no será para volver dentro de cuatro días ¿Qué es lo que debería hacerlas volver?
En el medio plazo se verá que el 1 de octubre ha sido para muchos la excusa perfecta para acabar con lo que consideraban (aquí y en Madrid) una externalidad costosa en tiempos del Ibex. La atracción de Madrid, complementada por una tributación personal que algún experto ha caracterizado de “paraíso fiscal”, viene funcionando a pleno rendimiento desde los años 90.
El éxito turístico de Barcelona, la fe en la exportación y la cultura de las start-up han sido la niebla que ha impedido percibir el fenómeno. Pero muchos empresarios tradicionales, esos centenares de hombres de negocios a los que el adjetivo de burgués no molestaba y que llenaban los foros veraniegos, vendieron en los 70 y 80. Exagerando: lo que quedó fue mucho alto ejecutivo y consultor (que es lo que se lleva en el capitalismo moderno). También mucho empresario patrimonialista y mucha family office con propensión al inmobiliario, el turismo y la renta. “Este país tiene casos individuales remarcables -dice un financiero que los conoce bien- pero como colectivo con un proyecto y objetivos claros, no sabría decir lo mismo…”
Es el reverso del encanto de Barcelona. La ciudad en la que se vive bien. En la que llamas a las dos del mediodía de un viernes a un despacho para concretar el detalle de un contrato y ya no queda nadie. La de un capitalismo surfero pero de mordida suave, algo madurito… ¿Por qué deberían volver las empresas? Seguramente porque no hay otra capital como ésta en el Mediterráneo. Porque es donde están los mejores recursos humanos. Porque en su hinterland hay pequeñas-grandes empresas. Pero quizás con eso no baste y haya que inventar alguna cosa. Seguro que saldrá.

 

(Publicado en La Vanguardia el 2 de diciembre de 2017)

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