Hacerse querer

Lo mejor del turismo es que no deslocaliza. Lo peor, el alto número de interrogantes que proyecta

 

Lo mejor del turismo es que no se puede deslocalizar. Salvo que estalle una guerra, se declare una epidemia o se produzca un terremoto. Pero las ciudades, los territorios, no se mueven. Pueden deteriorarse con los años, pero no cambian de sitio. Esa singularidad es importante en los tiempos del capitalismo líquido, en el que las empresas van y vienen a gran velocidad. Más todavía cuando los gobiernos aprueban decretos para que esos movimientos se aceleren.
El turismo no deslocaliza. Pero a pesar de esa ventaja, a la industria turística le cuesta hacer amigos. Y adquiere categoría de problema universal cuando se la analiza de manera amplia: no crea los mejores empleos; fomenta el abandono escolar; depreda el territorio; gentrifica las grandes ciudades… Todos esos reproches flotaron el lunes en un debate sobre el turismo organizado por la Fundació Catalana per a la Recerca i la Innovació que abría la semana de la ciencia.
Juandomènec Ros, presidente del Institut d’Estudis Catalans, lamentó que la industria turística catalana haya sido pionera en la masificación urbanística y que haya regalado al mundo términos como “balearización” o “benidormización”. E incluso que los haya exportado con éxito: “cancunización”. Ros es catedrático de ecología. Él ha visto desaparecer gran parte del litoral que conoció en su juventud. Pero ahora no es la costa, sino la ciudad de Barcelona y su saturación la que atrae el interés y las criticas de todos.
Joan Bòveda, que es economista y trabaja para el sector hotelero, aseguró que, al fin y al cabo, el turismo es crecimiento. Y que cuando todo el mundo quiere visitar el mismo sitio, lo único que queda es gestionar y ordenar esa demanda. “Pueden tener que dormir en Lloret o en Sant Cugat. Pero lo que quieren es ver Barcelona”. Maria Josep Pujol, emprendedora social que habla mucho de turismo sostenible, pidió menos pisos turísticos fuera de control y una regulación más estricta. “Porque no quiero que toda la ciudad acabe pareciéndose a la Rambla”. Los hoteleros deploraron que se les mire a ellos cada vez que alguien habla de masificación. Y una representante de Airbnb (que están a todas, están en todas partes), clamó desde el público que ellos también contribuyen al desarrollo local y lamentó no estar en la mesa de debate.
Una hora antes del debate, hizo la ponencia inaugural Miquel Puig, que en los últimos años se ha especializado en la crítica de la industria turística porque impone un modelo económico de bajos salarios y altos costes que después deben ser asumidos por toda la sociedad. Explicó que hay otras maneras de gestionar el turismo en beneficio de todos. Y desató un rugido de aprobación entre el público al afirmar que “que sólo hay dos tipos de personas que creen que un fenómeno puede crecer indefinidamente. Los burros y los economistas”. El turismo da empleo y acumula muchos años de expansión. Pero tiene todavía que hacerse querer.

 

(Publicado en La Vanguardia el 18 de noviembre del 2017)

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