El silencio de Europa

Europa, sus instituciones, deben estar mañana y en los próximos días a la altura de la confianza que se les ha dado

 

Hay un comentario que se repite en los últimos días en las conversaciones. “¿Y Europa? Dirá alguna cosa, ¿verdad?” La gente lo dice con naturalidad. Tienen con ella una relación personal, íntima. Los alemanes, por ejemplo, piensan que Europa les debe algo. Piden una explicación por el dinero gastado durante la crisis. Aquí abajo, en Catalunya, también piensan que se les debe algo. Una respuesta. Que les aclaren si ser ciudadano europeo implica que se pueden clausurar webs, hacerte desaparecer de Google, bloquear cuentas o suspender derechos individuales elementales.
Europa ha sido un gran apoyo para los países del Sur de Europa. Sus instituciones, sus fondos, han servido para que sus economías construyan puentes, restauren edificios históricos o financien ayudas contra el paro juvenil. El Banco Central Europeo, con esa política de dinero barato que tanto irrita a Alemania, ha sido esencial para estabilizar la economía y permitir que las tesorerías de esos estados no se secaran. Sin embargo, la gente no percibe que esas cosas sean importantes en sus vidas. Puede que se equivoquen. Pero si se sienten europeos es por razones más simples, personales.
Entre las generaciones más jóvenes, la fe en Europa nace de la normalidad. Se han hecho europeos encadenando Erasmus. O con las ofertas de descuento de las compañías aéreas de bajo coste: “Hola, familia, me voy tres días a Riga”. “¿A dónde?” Para los más mayores, para los que les tocó vivir algo de franquismo, la adscripción europea fue sobre todo una elección cultural. El final del camino. Sabían, por ejemplo, que si tomaban la carretera local que serpentea desde Camprodon hacia el norte, después de media hora de trayecto, llegaban a la cima. Paraban el coche y miraban al otro lado. Al fondo del valle descubrían Prats de Motlló. Sólo un pueblo. Pero también algo más: la democracia y la libertad de expresión que aquí se les negaba.
Europa se ha hecho un hueco en la cabeza de la gente a través de experiencias como esa. De afirmaciones como “en Europa esto no pasa”. De la convicción de pensar que ser europeo te da acceso a unos derechos mínimos. En ocasiones Europa ha defraudado. Mucha gente piensa que se portó mal con Grecia durante la crisis. Y muchísima más gente se sintió decepcionada por su reacción ante la crisis de los refugiados sirios (donde sólo Angela Merkel estuvo a la altura y casi le cuesta las elecciones).
Aun con todo eso, Europa mantiene todavía parte de la confianza que se le entregó. Por eso cuesta entender que un portavoz comunitario se ponga de lado cuando se le pregunta por las restricciones a la libertad de expresión. O que el presidente de la Comisión se parapete en el legalismo más conservador cuando se le interroga por una crisis de estado en la cuarta economía de la Unión. Europa debe ser algo más. Debe dar una respuesta que se ajuste a su historia. Si no lo hace, si mañana y los próximos días no está a la altura de los acontecimientos, habrá perdido a todos esos catalanes que hablan de ella con tanta naturalidad. Y que son, al fin y al cabo, su mayor capital.

 

(Publicado en La Vanguardia el 30 de septiembre del 2017)

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