Mírame a los ojos

Los banqueros centrales son cada vez más protagonistas de las grandes decisiones económicas

 

La kremlinología era uno de los métodos de análisis político más codificado de la década de los 60 y 70. Su objetivo era describir la evolución de la Unión Soviética. Como se trataba de un régimen hermético, gran parte del método consistía en analizar las fotografías que llegaban del interior. Ver qué jerarcas presidían los desfiles; quién estaba y quién no; el que posaba más cerca del secretario general del partido comunista, cuál era la expresión de su rostro… Y así se elaboraban montones de análisis.
La política monetaria es hoy algo parecido a la kremlinología. Antes los analistas escrutaban los discursos de los banqueros para determinar qué dirección iba a tomar la política de tipos de interés. En qué ponían el énfasis y en qué no. Desde hace unos años se entusiasman con el sentido exacto de sus palabras. Ello es así porque les atribuyen un valor especial, casi sagrado. Cuando en julio del 2012 Mario Draghi, presidente del BCE, dijo que el banco “está preparado para hacer lo que sea necesario para preservar el euro”, el italiano salvó a la moneda europea de los especuladores. Bastó el anuncio de sus intenciones para que los ataques a la divisa cesaran.
Los banqueros centrales son gente brillante. A veces cometen graves errores de perspectiva (Trichet, Greenspan), pero son cerebros dotados para el análisis y el sentido de la oportunidad, básicos para dirigirse a la gran manada de los mercados financieros. Sin embargo, su actual protagonismo no obedece a que sean unas mentes excepcionales, sino a la incapacidad del resto de actores para hacer funcionar la economía.
La crisis financiera del 2008 ha conseguido que la máquina de la economía responda cada vez menos a las normas convencionales. Los tipos de interés altos enfriaban el crecimiento; los bajos o muy bajos, lo aceleraban. La crisis financiera y bancaria fue tan profunda, que obligó a los bancos centrales a aplicar tipos cero o negativos y a aplicar políticas menos ortodoxas como inundar el mercado de liquidez mediante grandes compras de deuda pública y privada.
Pero la recuperación ha sido lenta, sin la fuerza de antes. Leyes que parecían infalibles (a más empleo, más inflación) parecen obsoletas. Los precios no suben, porque entre otras cosas no suben los salarios. Los economistas explican la anomalía en los cambios tecnológicos y el exceso de oferta de empleo de la globalización: los empresarios tienen hoy muchas alternativas antes que subir salarios. Larry Summers, ex secretario del Tesoro de EE.UU. ha afirmado esta semana que los trabajadores se han quedado sin capacidad de presión.
La economía no se ha normalizado. Pero los bancos centrales tienen prisa por dar marcha atrás. Por retirar tanto dinero en circulación, que amenaza con provocar burbujas. Y saben que eso es cada día más difícil. No nos queda más remedio que seguir atentos a sus discursos, a sus frases y a confiar, resignados, en su supuesta infalibilidad.

 

(Publicado en La Vanguardia el 9 de septiembre del 2017)

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