Estado de shock

El atentado del 17 de agosto y sus consecuencias
Un cisne negro (blak swan) es un suceso que, por inesperado, tiene un alto impacto allí donde se produce. Un evento que estadísticamente parece muy improbable, lejos de las expectativas de expertos y analistas. El concepto lo popularizó el matemático y financiero Nassim Nicholas Taleb, en plenas turbulencias de las bolsas mundiales en el 2007.
Los catorce muertos y el centenar de heridos del atentado del jueves en la Rambla de Barcelona no son un cisne negro. No son un acontecimiento imprevisible. Están en la lógica de la Europa convertida en teatro de la guerra global que libra el islamismo violento. En estos años, Barcelona ha pasado de ser una soporífera provincia periférica a un punto caliente, el escenario ideal para los que practican la política del atentado-espectáculo.
Un suceso previsible. Pero de una carga emocional enorme, un shock de largo alcance. Los efectos del atentado del jueves se propagan a través del miedo. Un miedo primario en lo inmediato. Un miedo más abstracto en el medio plazo. Con efectos sobre la actividad económica. Todavía es pronto para saberlo, pero las consecuencias sobre el turismo van a ser notables. Cuantitativamente y en términos de negocio (como lo han sido en París). Pero también cualitativamente. Cambiará la manera de hablar del turismo. El incipiente debate sobre los beneficios y costes se tornará más virulento. Mantener la cabeza fría será crucial .
También tendrá efectos sobre la política y el debate social. La memoria de Barcelona está hecha de demostraciones y de celebraciones políticamente festivas. Pero tiende a olvidar que también está hecha de momentos de violencia. Salvando las distancias, que son muchas, Barcelona es también la de la Setmana Tràgica de 1909. Ahora mismo parece inverosímil pensar que un suceso como el del jueves no tendrá efectos sobre la agenda política. Probablemente no cambie las dinámicas de fondo. Pero sí modifica los factores de la ecuación en el corto plazo y podría dar paso a un escenario distinto. En el proceso soberanista, en los plazos fijados y en algunas de sus manifestaciones públicas.
El mayor riesgo está en el enrarecimiento del clima político. Sólo hay que recordar la sordidez del debate público que se apoderó de Madrid después del atentado de Atocha en el 2004, sobre su autoría. Aquello se prolongó durante dos años. Una deriva como aquella puede dejar la sociedad catalana hecha una ruina. Los atentados del jueves no son resultado de ninguna conspiración. No son el castigo a una sociedad que deba culparse por lo ocurrido. No son una frivolidad específica barcelonesa que haga el atentado del jueves pasado sustancialmente diferente a los de París, Niza o Londres…
La culpabilidad, si existe alguna, hay que buscarla en la masa crítica. Si eres grande, si ocupas un espacio en el mundo global, tienes más números para que ciertas cosas te toquen. Es así de simple y de horroroso.
(Publicado en La Vanguardia el 19 de agosto del 2017
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