Kafka en la Barceloneta

La señora Martínez se ha convertido en la ocupa inesperada de su propio piso

La señora Martínez alquila su piso de la Barceloneta por 950 euros al mes a un joven de presencia impecable llamado Timur. Dice que trabaja como asesor financiero para un grupo británico y tiene la voluntad de instalarse en la ciudad. Meses después, descubre que el piso se realquila a turistas a través de Airbnb por 250 euros la noche. La señora Martínez no tiene mecanismos para recuperar el piso. Manda mensajes a Timur, pero no responde. Los mossos rechazan la denuncia: si no hay impago, no hay tema penal. Airbnb también se desentiende. Ellos solo hacen de intermediarios. Su abogado le indica que por la vía civil tardará un año en recuperarlo. Al final, la señora Martínez ocupa su propio piso y cambia la cerradura.
El piso ha sido publicitado a través de Airbnb por diferentes anfitriones (nombre que la plataforma da a los que se ofrecen a través de la web). La empresa acaba por retirar el anuncio, pero descarga cualquier responsabilidad en el anfitrión. El Ayuntamiento de Barcelona anuncia que abre un expediente sancionador. Manda tres inspectores. La opinión pública se solidariza con la señora Martínez después de que los hechos se publiquen en este periódico. Pero la señora Martínez está en falso. Lo que ha hecho, dicen los abogados, no es legal. Kafka en la Barceloneta.
El caso de la señora Martínez podría ser una metáfora del desorden que mucha gente percibe a su alrededor. La realidad es que siempre ha habido realquilados. Siempre ha habido estafadores. Lo que ha cambiado es la magnitud de los hechos. En parte, gracias a la tecnología. También ha aumentado la escala de los acontecimientos. Pero así son las ciudades que se internacionalizan a toda prisa. La complejidad define una sociedad que cambia y en la que el turismo es el vector más llamativo. ¿Pero es realmente el turismo el causante de ese malestar? ¿O es la excusa que tenemos más a mano?
La economía global mejora. Se recupera. Con la salvedad de que todavía hay mucho paro. Pero desde lo que pasó en el 2008, flota la percepción de que algo no chuta. De que la sociedad surgida de los cambios no acaba de gustar. La vemos más desigual. Con unos servicios públicos amenazados. Con un empleo que induce a un pesimismo sobre cómo trabajaremos. Y, sobre todo, porque parece que nos hemos quedado sin reglas con las que imaginar cómo será ese futuro. El futuro siempre es la extrapolación de lo que hemos vivido. Quizás por eso ahora se ha vuelto impredecible. Para los analistas financieros, con unos modelos matemáticos obsoletos. Para los políticos, sorprendidos a cada elección por las decisiones de sus votantes. Y también para la señora Martínez, ocupa inesperada de su propia vivienda.

 

(Publicado en La Vanguardia el 24 de junio del 2017)

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