Poligoneros

La gran área urbana que rodea Barcelona necesita un nuevo ciclo inversor para renovarse

 

Vuelve el ladrillo. Vuelve el sector inmobiliario y la construcción a ocupar un papel destacado en la economía. Y si no lo hace a más velocidad es porque los bancos son cautelosos con las hipotecas y los jóvenes, el grueso de la demanda, no tienen ingresos suficientes para pedirlas. Vuelve el ladrillo, como la maldición, y los promotores construirían más si no fuera porque la administración también se ha vuelto prudente. Demasiado para el gusto de los promotores. En muchos ayuntamientos nadie recalifica y no se crea suelo nuevo para edificar. Es perceptible en los municipios metropolitanos que rodean Barcelona, que son la válvula de descompresión de la burbuja de precios de la capital.
Suena razonable. Los casos de corrupción política de la década del 2000 llegan ahora a los juzgados. Y muchos de ellos van asociados a procesos urbanísticos. ¿Quién es hoy el valiente que recalifica? Pero la desgana urbanística no es sólo el resultado de la lección aprendida. Refleja también cómo han cambiado esos ayuntamientos metropolitanos, su composición, su dinámica.
La gran extensión metropolitana que rodea Barcelona se modeló en las décadas de los 80 y 90. Hubo que reparar el pésimo urbanismo de antes de la democracia y eso se hizo a golpe de grandes proyectos. Fue la era de los alcaldes metropolitanos (en el Vallès, en el Baix Llobregat, en el Maresme), apoyados en grandes mayorías. Había mucho dinero (privado y público), y quizás por eso también hubo grandes proyectos. Proyectos ambiciosos: nuevos ejes urbanos, equipamientos singulares, zonas verdes, parques tecnológicos… La inercia se mantuvo en los años 2000, aunque para entonces habían llegado también los excesos.
De todo aquello, hoy queda poca cosa. Poca ambición y menos imaginación. En parte se explica por el fin del dinero fácil, la pérdida de recursos. Lo que en los presupuestos generales se ve como una virtud (los superávit del sector local) es también el reflejo de la pérdida del impulso inversor municipal. Pero el problema no es solo dinero. Es también político. Los nuevos alcaldes se mueven con mayorías precarias. La nueva política, que hizo su entrada en los municipios hará una década, percibe la acción municipal de manera diferente. En muchos casos es simple aprendizaje: el nuevo ciclo político ha comportado un rejuvenecimiento del personal que lo practica. La confluencia de esos factores, en cualquier caso, ha dejado a mínimos la acción inversora.
Hay dos motivos por los que preocuparse. Uno, que algunas de las obras que se hicieron en los 80-90 se han deteriorado, o se han hecho obsoletas y han degradado su oferta como servicio público. Todo eso en un contexto de aumento de la desigualdad, con una parte de la población muy castigada por la crisis. Otro, que la transición a la nueva economía exige un nuevo urbanismo y la regeneración del espacio urbano. De lo contrario, esa gran extensión metropolitana se convertirá en poca cosa más que un gran polígono.
Y Barcelona en una burbuja gigante.

 

(Publicado en La Vanguardia el 8 de abril del 2017)

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