Hielo y cenizas

Islandia condensa en una  década vertiginosa  lo mejor y lo peor de  la nueva economía global

 

Diez años. Si usted piensa que en ese tiempo las cosas han cambiado a su alrededor, no se imagina cuánto lo han hecho en Islandia. En el 2008 hubo en ese país una crisis financiera. Colapsó el sistema bancario y la economía tuvo que ser rescatada por el FMI. La gente salió a la calle cacerola en mano hasta que cayó el presidente del gobierno. Lo llevaron a los tribunales. La población se organizó en asamblea constituyente. Hicieron un referéndum para decidir si pagaban o no lo que debían al exterior (ocho veces lo que producían en un año). Entonces, en el 2010 hizo erupción uno de sus volcanes, el Eyjafjallajökull. Las cenizas obligaron a cerrar el espacio aéreo. Asustado, el nuevo gobierno hizo publicidad en el exterior para atraer al turismo. Como además habían devaluado la moneda, el país era (algo) más barato. En el 2009 lo visitaron 464.000 turistas. Este año esperan la llegada de 2,4 millones.
La historia no se entiende sin tener en cuenta las dimensiones de Islandia. Son 340.000 personas. Casi todos concentrados en la capital, Reikiavik. Son uno de los países más homogéneos del planeta. En lo racial y lingüístico. Y se conocen todos. Ya sea el autor de un crimen o uno de los tres banqueros (porque sólo había tres bancos) que les llevaron al desastre. Ahora que está de moda el hygge (el secreto del bienestar danés), hay decir que es una nimiedad comparado con la filia que provocó el “descubrimiento” de Islandia. Su cuatro libros de novela negra. Sus series televisivas. La carne de tiburón, la de ballena y los perritos calientes (la cocina nacional es algo limitada, es verdad). La psicodelia de Bjork. Las fangosas piscinas termales al aire libre, el géiser y los frailecillos. Sólo les faltó que Juego de tronos filmaran allí algunos de sus capítulos para que todo se desmadrara.
Hoy el turismo es la primera industria del país. Más que las finanzas que les llevaron a la crisis; más que la pesca , la actividad productiva mayoritaria (los bancos de arenque se agotaron en 1969). Pero en las carreteras hay atascos y 24.000 coches de alquiler. A la sanidad le cuesta atender tanto turista. Los islandeses ya no se conocen tanto. Pero quien más quien menos sabe que el vecino ha alquilado el apartamento a través de Airbnb y hay carestía de vivienda para los jóvenes. En 1987 (¡hace treinta años!) se podía visitar el géiser en soledad y la Laguna Azul era de entrada libre. Hoy hay que pedir tanda para hacer fotos. Los primeros turistas eran gente que se perdía –literalmente– en el vacío de esa isla de hielo, fuego y emanaciones sulfurosas. Al nuevo turismo, sobre todo el asiático, lo que le mola es que le lleven de un sitio a otro y hacer cola. Pronto hará falta mano de obra extranjera para poder atender a tanto chino…
El Gobierno duda entre aplicar un impuesto turístico o limitar el número de visitantes. Pero no lo harán. Les va la economía. Aunque sepan que, como en el guion de Atrapados, la serie televisiva islandesa, la codicia puede convertir una comunidad pacífica en un infierno. Los paraísos, ya sean reales o imaginados, duran poco en estos tiempos.

 

(Publicado en La Vanguardia el 18 de marzo del 2017)

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