Pero, ¿y los hombres?

El declive de la industria tradicional ha devaluado el valor de los hombres en el mercado del matrimonio

 

Hace unos años, el mundo cabía dentro de un bar. Los domingos, los hombres se veían para hacer el vermut y volvían eufóricos a casa. Llegaban tarde a comer. Dormían toda la tarde y se despertaban cuando llegaban los resultados del fútbol. Todo giraba a su alrededor. Y eso era así porque los hombres tenían trabajos pesados. De horas frente a una máquina con tareas repetitivas. Dentro de naves a altas temperaturas, rodeados de máquinas cortantes. Colgados de un andamio o metidos bajo tierra, como los topos. Pensarán que es una suerte que la división internacional del trabajo haya acabado con todo aquello. Pero ha quedado la nostalgia. Por los tiempos en los que un hombre con la cara tiznada de carbón era el símbolo de la solidaridad sindical. En los que la imagen del deseo era el tipo de torso ancho y camiseta imperio sudada. ¿Añoranza? ¿Fetichismo? Bueno. Eso y algo más: en aquel mundo los hombres cobraban bastante más que las mujeres (las que trabajaban). Y eso les daba mucho caché en el mercado nupcial.
Debería ser una suerte que los cambios en la economía hayan provocado la desaparición de esos trabajos. Sin embargo, su pérdida se percibe como un drama por muchos hombres, sobre todo para los que tienen menos estudios. Y ese resentimiento alimenta en parte el éxito de los populismos.
¿Han perdido las mujeres el interés por los hombres? No exactamente. Pero un estudio relaciona de forma directa la caída en el número de matrimonios en Estados Unidos (y quizás también de la fertilidad y el aumento de las familias monoparentales) con la pérdida de empleos en los sectores industriales tradicionales provocada por la competencia china. Entre 1979 y 2008, los matrimonios entre las mujeres de entre 25 y 39 años bajaron un 10% (entre aquellas con mayor nivel de educación) y un 20% entre las menos formadas. ¿Dónde estaban los hombres? Una primera respuesta la dio el nobel Angus Deaton en un trabajo del 2015: la pérdida de empleo en esos sectores había conducido al incremento de conductas de riesgo (drogas, alcohol) entre los hombres. Y en algunos casos, a la muerte.
Ahora, David Autor, David Dorn y Gordon Hanson (en un ensayo publicado esta semana en el CEPR) documentan de forma estadística que ellas se casan menos porque el valor de los hombres en el mercado del matrimonio se ha devaluado. Más claro: el diferencial de salarios entre hombre y mujeres en la industria era elevado, y eso justificaba un mayor apetito por el matrimonio. En los servicios (sobre todo en los servicios de bajo coste), donde muchos de esos hombres han encontrado empleo en los últimos años, ese diferencial es mucho más bajo (e incluso desaparece). En suma, la desaparición del componente físico en los nuevos trabajos ha devaluado el empleo masculino en el mercado. También en el nupcial. Atribuir la crisis de la familia tradicional a los cambios en la economía y culpar de ello a China puede parecer exagerado. Pero ayuda a explicar parte de lo que está pasando.
¿Dónde están los hombres? Están ahí. La mayoría. Pero han perdido lustre.

 

(Publicado en La Vanguardia el 4 de marzo del 2017)

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