El malestar viaja en tractor

Comer es la nueva moda, pero muy poco del negocio que se genera a su alrededor acaba en los productores 

 

Trump ordena levantar un muro con México y dinamita el viejo orden liberal. La extrema derecha avanza en Europa. La automatización cortocircuita el mercado laboral. La sociedad envejece, pero los viejos se fortifican y las generaciones jóvenes pagan la factura. La Antártida se funde… el mundo tiembla. Pero hoy los tractores entrarán en Barcelona para recordar que hay otro universo. Que está ahí al lado y que de él dependen la hamburguesa, el rollito o la ensalada que ustedes se acaban de comer.
Los agricultores han salido otra vez a la carretera, reclaman dignidad y un nuevo contrato social. Que se valore su actividad como productores de comida y como jardineros a gran escala de nuestros fines de semana. Piden más dinero, pero también reconocimiento. Se trata de un malestar difícil de entender desde la ciudad. Hay gente que todavía ve el campo como un universo en extinción, un residuo en un mundo global y liberalizado que se mueve en términos de subvención. Como también la hay que tiene una visión arcádica de ese mundo. Gente que compra semanalmente cajas de cartón llenas de verdura a productores locales. Yo soy de esos.
Mantengo relaciones ocasionales con un grupo de agricultores que trabaja en el interior de un parque natural. Periódicamente, informan a sus asociados de la oferta: que si el brócoli “romanescu”, que si las peras de invierno… Pero también informan de los contratiempos. Es así como he acabado por conocerlos. Me emociona la bronca que tienen montada con los jabalíes, que siempre que pueden invaden las cosechas. Me indigno cada vez que un perro dominguero y maleducado persigue sus ovejas y las extravía. Comparto por las redes sociales las fotos de los brotes helados que me hacen llegar. Arte y naturaleza para instagram; en realidad, una catástrofe para ellos. En suma, son lo más “cool” y auténtico que he conocido. Pero también lo más sufrido. Y cuando veo el precio (bajo) que cobran por sus productos y calculo las horas que han empleado en ello, agradezco que mi trabajo no dependa de los ciclos de la naturaleza.
Este es un mundo extraño e injusto. Comer bien se agradece cada día más. Saber de dónde sale lo que vas a comer, provoca entusiasmo entre los comensales. Las grandes cadenas de hipermercados ya hace años que entendieron que el producto de proximidad motiva a sus clientes. Forma parte del márketing más elemental. La comida es la nueva moda. Se ha convertido en la experiencia definitiva. La que define el estilo. La gente emplea horas en consultar en la red sobre qué va a comer. Se apunta a clases de cocina…
Lo que sorprende es que toda la riqueza que se genera en torno a la comida, todo el negocio, revierta tan poco en los productores. Que su renta siga bajando. Que la mayor parte de todo ese valor añadido sea capturado por la gran industria de intermediación y distribución. Todo eso, seguro, hace más comprensible ese profundo malestar que hoy se expresa en forma de tractor.

 

(Publicado en La Vanguardia el 28 de enero del 2017)

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