Beneficios

¡Queremos que las empresas hagan muchos dinero, pero no tanto dinero!

Donald Trump anunció esta semana por tuit que va a cancelar el contrato que la presidencia americana mantiene con Boeing por el Air Force One, el famoso avión presidencial. Trump considera que a Boeing se le ha ido la mano con el precio. “¡Queremos que Boeing haga un montón de dinero, pero no tanto dinero!” declaró después.
Las palabras de Trump siempre parecen fuera de lugar. Son las palabras de un populista, de un cínico capaz de criticar a los tiburones de Wall Street durante las elecciones, pero de ficharlos para su gobierno una vez las ha ganado. Pero en el asunto de Boeing son también las palabras del hombre de negocios; las palabras del constructor habituado a jugar al poker cuando negocia con los proveedores. Y de hecho, ambas cosas son verdad. Trump es un populista. Pero si sus palabras sorprenden, es sólo porque hace tiempo que el mundo de la política se ha acostumbrado a no criticar las decisiones empresariales.
Este diciembre, el Banco de España publicó los datos sobre la evolución de las grandes empresas en 2016. Entre enero y septiembre, los beneficios han crecido un 12,9%. Que es crecer mucho. Pero en el mismo periodo, los salarios se han quedado clavados en un raquítico 0,1%. Los datos se difundieron el día en que sindicatos y patronales se veían con Mariano Rajoy para hablar del salario mínimo. ¿Habría sido razonable un comentario del presidente sobre la necesidad de repartir mejor este crecimiento? Francamente, se habría agradecido. Pero este no es el camino que ha escogido la política en los últimos años.
La devaluación de los salarios ha sido clave para salir de la crisis y hacer las empresas más competitivas en el exterior. Pero prolongar esta política también tiene un precio: la cohesión. Y de eso se habla poco. En un sector como el turístico, por ejemplo, que trabaja con márgenes muy altos, las palabras del hotelero Antonio Catalán -que ha hablado de explotación por los bajos sueldos que se pagan- han sido recibidas con el absoluto silencio.
El crecimiento siempre lleva a la concentración de riqueza. Y cuando por varias razones este crecimiento es excepcional -cómo ocurre ahora con la difusión de nuevas tecnologías- lleva a un importante incremento de la desigualdad (las ganancias de los que están en la cima de la pirámide crecen mucho más rápidamente que las de aquellos que están abajo). A la política le toca corregir esta tendencia y hacer que estas ganancias se distribuyan de manera más equitativa. El problema es que últimamente a la política le cuesta mucho jugar este papel.
Estos días está haciendo cierto ruido en EE.UU. un libro de Walter Scheidel, “The Great Leveler” (el grande nivelador), donde este profesor de historia de Stanford explica que los grandes periodos de desigualdad sólo se resuelven con violencia. No hay como un shock repentino, una guerra, para nivelar los ingresos. La tesis de Scheidel ofende a las élites liberales y a su capacidad para reformar la sociedad. Ha sido acusado de exagerar y de tener una visión estrecha de la economía. Pero qué quieren que les diga. Que acabe siendo un individuo como Trump el que diga ciertas verdades, no es nada tranquilizador.

 

(Publicado en La Vanguardia el 10 de diciembre del 2016)

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