De Cercanías al AVE

La falta de visión productiva convierte la política española de infraestructuras en una rara excepción

Hay tres aspectos que hacen especialmente intensa la experiencia de viajar en Cercanías de Renfe en el Vallès. Uno es el apagón de los paneles de información. Salvo fechas excepcionales que el usuario celebra, llevan años sin funcionar. El problema resuelve interrogando al personal de seguridad, que informa de los horarios según el humor que tenga ese día y la empatía del que pregunta. Otra es el retraso en la llegada de los trenes. Es tan habitual que la espera hace el cariño y fomenta la lectura en el móvil. La tercera es la oscuridad. La mayoría de estaciones están en el subsuelo y muchas de ellas, mal iluminadas.
Pero la del Vallès no es la línea más accidentada de Cercanías de Renfe en Catalunya. Más bien es de las que salen bien paradas en el cómputo de contratiempos en el servicio. Los males de Cercanías son crónicos. Tanto, que su reiteración irrita a los que no utilizan el servicio o lo observan a distancia. Su ineficacia resulta chocante para un área urbana de la envergadura a la que presta el servicio. Pero a pesar de ello, al Ministerio de Fomento le cuesta admitirlo. Promete nuevos planes de futuro para su solución, pero al mismo tiempo escatima la inversión comprometida en unos porcentajes tan elevados que superan la efectividad de ese gasto.
En unos momentos en los que la falta de mayoría del PP permite resquicios en la cultura política española de ciertas dosis de transacción y negociación (como ha ocurrido en las últimas semanas en materia laboral y fiscal), la política de infraestructuras sigue inmune a ese planteamiento. Sus prioridades están bien definidas desde hace años y son compartidas por todos los grandes partidos. Es un mal bien conocido: es una política que prima la vertebración del territorio de la nación antes que la lógica productiva de sus decisiones. Por eso le gusta tanto a Fomento hablar del AVE, al que ha convertido desde hace tres décadas en un talismán “igualitario” con independencia de su lógica económica. No importa por dónde pase el AVE ni el retorno que pueda suponer la inversión realizada. Lo importante es que pase y que todo el mundo sea un potencial beneficiario.
El Gobierno de Rajoy publicita ahora una política de diálogo para Catalunya. En la práctica su alcance es muy estrecho. Deja al margen aspectos como lengua y cultura, que desdeña como aspectos “sentimentales” y agotados. Y quiere centrarse en negociar sobre financiación e infraestructuras. En financiación, las alegrías están acotadas por la ausencia de bilateralidad. Y en infraestructuras será esa visión tan improductiva la que dificultará las cosas. Madrid juega con la promesa del Corredor Mediterráneo como señuelo para el empresariado. Si Cercanías es la penitencia diaria del ciudadano, el Corredor es el deseo eterno de los empresarios. Pero como en Cercanías también, Fomento promete a menudo planes de futuro mientras la inversión no acaba de llegar. En definitiva, el cuento de nunca acabar.

 

(Publicado en La Vanguardia el 3 de diciembre del 2016)

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