Un mundo más hostil

La fase de expansión global iniciada en 1989 puede estar acabando, y eso obliga a los más pequeños a espabilar

 

A mediados de los 80, la izquierda catalana provocaba un incendio cada vez que el gobierno de Jordi Pujol apoyaba una deslocalización empresarial. Diez años después, esa misma izquierda, defendía ese proceso como inevitable en un nuevo orden económico en el que la manufactura estaba condenada a marcharse a Asia y al primer mundo se le reservaban actividades más sofisticadas. Ese cambio en la manera de ver las cosas era consecuencia del clima creado con la caída del muro de Berlín, en 1989, un acontecimiento que abría una fase de exaltación del libre comercio como motor del crecimiento mundial.
Puede que ese periodo haya terminado. Se agotó con la gran recesión del 2008, que acentuó los daños colaterales de esa política: aumento de la desigualdad, endeudamiento, acelerón tecnológico y pérdida de industrias. El Brexit y la victoria de Trump son en parte obra de los perdedores de ese proceso. La antigua clase trabajadora que antes votaba la izquierda, se decanta por la derecha populista. Y no debería ser tan extraño. En esos años, la izquierda mayoritaria desarmó su discurso, entregada al nuevo consenso liberal y a la cultura que emanaba de las áreas urbanas más dinámicas y mejor conectadas.
Donald Trump o Theresa May les han dicho a los perdedores lo que a la izquierda le ha costado admitir. Que ese proceso les ha empobrecido. Pero decirlo para ganar votos es una cosa. Y dar marcha atrás, otra. Porque la globalización es hoy tan compleja (lo que se ensambla en China, se diseña en Barcelona y tributa después en Dublín) que no basta con denunciar un par de tratados internacionales o poner vallas a la inmigración. Pero lo que es seguro es que la tierra no será tan “plana” como escribía en 2005 el periodista Thomas Friedman en una comercial metáfora que le servía para describir el escenario nacido con el fin de la guerra fría y la apertura global de los mercados.
Habrá sobresaltos. Europa impondrá cuotas a la inmigración y restringirá el reagrupamiento familiar. La distancia cultural y política entre grandes ciudades (más innovadoras, con más empleo informal) y el resto de territorios se agudizará. Quizás veamos procesos de desintegración parcial (la zona euro entre ellas). Las economías pequeñas, que se han aprovechado de esa etapa de apertura, quedan más desprotegidas. Habrá más barreras. Más regulaciones. No está claro cuántas ni en qué intensidad. Pero el enfado de los perdedores durará.
En marzo del 2007, antes de la gran recesión, los empresarios catalanes se reunieron en un acto masivo para pedir el mejor aeropuerto posible para Barcelona. Fue un momento de insólita unidad que no se ha vuelto a repetir. Pensaban que su mercado era el mundo y no se lo querían perder. Querían un país conectado y querían la llave que les aseguraba esa conexión. Diez años después, como en otras cosas (empezando por ese cuarto de atrás ruinoso que es el servicio ferroviario de cercanías), Catalunya sigue sin tener el juego de llaves que le permita operar en condiciones. Cambian los tiempos y el escenario. Crecen las urgencias.

 

(Publicado en La Vanguardia el 26 de noviembre del 2016)

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