El largo viaje

La historia de Anna: de la lucha de clases a la clase media y vuelta a empezar

 

Del grupo de jóvenes que iba a la parroquia, Anna era la más deseada. Atractiva e inteligente. Algo particular, también: estar con ella significaba tragarse todos los discos de Quilapayún, un grupo chileno que cantaba a las huelgas en las minas. Te pasabas la tarde asintiendo con la cabeza y poniendo cara de extrema gravedad. Nada que rascar. Un día, Anna nos dejó. Dijo que quería realizarse como persona y se iba a trabajar de obrera a una cadena de producción. Y se fue.
Entonces, a principios de los 70, ser obrero estaba de moda. Estaban los obreros, los burgueses y la lucha de clases. Pero íbamos con retraso: en Europa los expertos hablaban ya de la victoria de las clases medias, de la aparición de un gran colchón de conformismo y de estabilidad. De cómo los profesionales y los salarios intermedios habían olvidado el antagonismo de clase y se “aburguesaban”. La solidaridad de clase se debilitaba y la gente empezaba a buscar la satisfacción en la vida privada o en el consumo. Y así acabamos todos: en el híper. Fue un éxodo masivo: viajó en él toda la izquierda mayoritaria, que se olvidó del marxismo y se instaló en una cómoda tercera vía.
Pero llega el electroshock del 2008, la crisis financiera y el aumento de las desigualdades. Cambian de nuevo las reglas del juego. Las elites son vistas otra vez con recelo y rechazo por la población. Las clases medias se reducen en número y se empobrecen. Pero nadie (o casi nadie) quiere volver a la lucha de clases. Los antagonismos se expresan de otras maneras. Entre los que están en el trabajo fijo y seguro (los insiders) y los que viven en la nebulosa del trabajo precario. O se organizan en torno a otras identidades, sexuales, de origen, nacionales… Por sentirse, se sienten todavía clase media. Y los obreros (los que lo fueron) tienen más propensión a votar a la extrema derecha que a la izquierda. En la Europa del norte y del centro. O en los Estados Unidos, donde si eres blanco, pobre, y tuviste un pasado mejor, votas a Donald Trump.
El cambio de escenario ha sido tan rápido que da lugar a un corrimiento de tierras en la política tradicional.En el Reino Unido, la nueva primera ministra, Theresa May, recupera el lenguaje y, quizás, las políticas de la izquierda económica más ortodoxa: regulación de la economía, intervención del sector público, coto a las multinacionales. Como Thatcher, pero al revés.
En el estado español, las cosas han sido algo diferentes. El descontento ha llenado las urnas de votos de Podemos, de la CUP, de soberanistas. Pero todo cambia y nada es permanente. En estos días de crisis profunda en el PSOE (tras los silbidos y gritos a Felipe González), cierto establishment político y mediático se siente tentado a echar a Podemos del campo de juego. No parece inteligente: el partido morado ha sido el instrumento que ha canalizado ese malestar en España. Lo que ha evitado que se saliera de madre. Pero al viejo sistema le cuesta negociar: o te expulsa o te inhabilita.
A Anna, por cierto, la vi el otro día. Dejó la fábrica traumatizada. Se casó, tuvo tres hijos y es de derechas.

 

(Publicado en la Vanguardia el 22 de octubre del 2016)

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