Dominar el vértigo

Queremos más políticos como Margrethe Vestager, fuente de orgullo, y menos Jean Claude Junckers, del que nos avergonzamos

 

La globalización, palabra que nos ha acompañado durante dos décadas para describir la interconexión creciente entre todos los rincones del planeta (aunque el proceso venga de más atrás) y que tanto ha cambiado nuestras condiciones de vida, pierde gas. Se habla de desglobalización, del inicio de la marcha atrás. Si hace un año les hubieran dicho que en el Reino Unido pueden acabar obligando a las empresas a publicar listas de empleados extranjeros, no se lo hubieran creído. Como tampoco nadie imaginaba que un personaje tan grotesco e intenciones tan imprevisibles como Donald Trump (lo más parecido a un Ruiz Mateos global) tenga en estado de alerta a las grandes instituciones mundiales porque puede ganar las elecciones en EE.UU.

A las instituciones que dicen gobernar el mundo les ha tomado el gusto por propagar el miedo. Y exageran. Internet garantiza, por ejemplo, que el intercambio de flujos no se va a detener. Pero también es verdad que hay síntomas de lo contrario. La progresión del comercio mundial se ha detenido. La intensa competencia internacional ha empobrecido a las clases medias y las ha hecho muy irascibles. Eso, y el seísmo de la digitalización en las empresas lleva a amplias capas de la población a desconfiar de lo que venga de sus gobiernos. Los ven más preocupados por las grandes corporaciones que por sus condiciones de vida. Puede ser que la elite mundial tenga razón. Que todo acabe en un mundo mejor. Pero, ¿hay que creerles? Sobre todo cuando es obvio que ese camino también es doloroso para muchos. Y que gobiernos e instituciones parecen mirar hacia otro lado.

Se puede mirar el vaso medio vacío o medio lleno. Economistas como Dani Rodrik lo ve como una oportunidad. Lleva años avisando que la tensión entre los intereses globales del capital y las soberanías nacionales era ya insoportable. Y que ha llegado la hora de que los países recuperen autonomía política. Que deben aplicar políticas económicas razonables aunque no sean del agrado de las grandes corporaciones. Que deben convencer a sus opiniones públicas de que se ocupan de ellos. Es decir. Queremos más Margrethe Vestager, de quien nos sentimos orgullosos por enfrentarse a Apple y a su elusión de impuestos; y menos Jean Claude Juncker, del que nos avergonzamos por la ambigüedad de su relación con los poderosos.

Pero para ese giro hace falta sangre fría. Algo que no abunda en situaciones como ésta. Y mirarse las cosas con distancia. Pensar más en el bien común (qué raro suena hoy eso) y algo menos en la eficiencia al límite (eso todavía suena peor). “Las ambiciones económicas son buenas sirvientas, pero malas señoras” escribió R. H. Tawney, un poco conocido historiador y socialista fabiano de quien Elba Editorial acaba de recuperar “La sociedad adquisitiva” su mejor libro. Lo escribió en 1920, en unos años en los que el mundo sentía la misma sensación de vértigo que hoy. Su discurso moral no pudo detener lo que vino después, la gran crisis y la guerra. Esperemos que esos paralelismos se detengan ahí.

 

(Publicado en La Vanguardia el 8 de octubre del 2016)

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