Vivir de la inercia

La economía crece pese a la absencia de gobierno, pero la inacción siempre acaba por pasar factura

La economía española crece, y crece más de lo previsto, a pesar de llevar sin gobierno 250 días. No es algo nuevo. Bélgica se pasó 541 días sin gobierno durante los años 2010 y 2011 y el resultado es que le fue mejor que la media de los países de la zona euro. El anterior récord lo tenía Camboya, pero no hay constancia de si eso benefició a los pobres jemeres (la comparación, además, es imposible con un país sin apenas sector público). Esta clase de situaciones conforta a los que aseguran que llega un momento en que la economía aprende a funcionar sin la política (sin las políticas económicas) como Italia. Pero no es verdad. Estas cosas, con el tiempo, pasan factura. Italia se acostumbró durante dos décadas a una inestabilidad política permanente. Pero el resultado fue un país que aún hoy arrastra lagunas en su modernización. E incluso los italianos, más pesimistas, no dudan en utilizar a veces la palabra decadencia.
La economía crece sin gobierno. Pero crece porque está protegida. Porque forma parte de la Unión Europea y su política económica está mucho más acotada y tutelada de lo que los orgullos nacionales permiten admitir. Está protegida por el Banco Central Europeo, que compra toda la deuda posible y permite que el Estado (como el resto de estados europeos) se financie a precios que tienen poco que ver con la opinión que pueda merecer esa economía a los inversores.
Está protegida también por abajo. Porque tiene delegadas determinadas funciones en las comunidades autónomas. El Estado puede asfixiarlas. Imponerles un reparto de cargas injusto durante la crisis, torpedear su funcionamiento (todavía hoy no tienen los datos que requieren para elaborar sus presupuestos). Pero en las economías modernas, las políticas de proximidad (políticas micro) son muy importantes. Y pese a todo eso, continúan funcionando.
Finalmente, la economía española está protegida por un entorno excepcionalmente benigno en los precios del petróleo y de otras materias primas. Todos esos factores suman, y el resultado es esta inercia en la que vive la economía, la capacidad que tienen los cuerpos para seguir en movimiento relativo si no tropiezan con una resistencia fuerte.
Pero la inercia no es garantía de nada. No es garantía de resiliencia (el saber sobreponerse a determinados traumas) cuando se acaben esas condiciones favorables. Tampoco garantiza la recuperación del tiempo perdido en términos de creación de riqueza. El ejemplo más claro de eso son las infraestructuras, que trabajan siempre en el medio plazo. Un plazo prolongado de inactividad en la toma de decisiones (250 días lo son) paraliza toda la cadena de la obra civil y supone un menor crecimiento que se acumula en el futuro. ¿Se puede calcular la pérdida de riqueza futura por la ausencia de un corredor ferroviario mediterráneo tantas veces inaugurado y nunca materializado? Mejor no pensarlo.
(Publicado en La Vanguardia el 27 de agosto del 2016)
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