Pesadilla de verano

En el televisor apareció  un señor en pantalón corto que andaba deprisa para hacer ver que corría

 

El pasado julio fui a una charla sobre el mundo digital y los nuevos modelos de negocio. Era un sábado por la mañana y el formato era relajado. De manera que uno de los ponentes, Genís Roca, dejó por un rato su trabajo de consultor y explicó que competir se ha puesto difícil. Entre el público había algún empresario que imaginaba que el futuro está en seguir haciendo lo que hacía pero vendiéndolo a través de internet. Roca le dejó planchado. Con la tecnología no es suficiente, dijo. La revolución tecnológica ya la han hecho otros, y difícilmente nos pondremos a la altura de empresas como Amazon en eficiencia. Lo que ahora viene es un cambio cultural (más transparencia, más valores) y la clave está en saberse diferenciar con ideas rompedoras.
Dos días después participé en una mesa redonda en la Universitat de Barcelona sobre el futuro del taxi. El ambiente era menos relajado. Los taxistas lo están pasando mal por la competencia de Uber y de otros. Además, muchos son autónomos. Autónomos de verdad. Eso quiere decir que cada taxista es un mundo y piensa que tiene la fórmula única para sobrevivir. Pero a muchos les cuesta entender los cambios. Que en la nueva cultura el cliente manda más que nunca. Que cuando quiere un taxi lo quiere en ese momento. Y que si además lo tratan más que bien, mejor. No llegaron a ningún acuerdo…
Y ahora una cena de agosto. Con mucha gente. Una cena de esas que se alargan hablando de todo. La frase de la noche se la llevó un señor enérgico que le espetó a un ­maestro: “¡Vosotros, lo que tenéis que hacer es enseñar a los críos a espabilarse para los oficios que tienen que venir!”. Lo debió de haber leído en alguna parte. Pero hizo efecto. El maestro se quedó mudo. Bastante difícil debe de ser enseñar las materias de hoy, imagínate qué debe de ser enseñar aquello que vendrá y que no sabes todavía lo que es.
Esa noche tuve una pesadilla. Imaginé un mundo imposible. Donde no vale la pena hacer previsiones a largo plazo. Donde no puedes saber de qué trabajarás, cuánto tiempo te durará el trabajo, cómo te ganarás la vida y (¡ja!) cómo será tu vejez. Donde lo único que puedes hacer es adaptarte constantemente y cambiar, día tras día, correr y no parar…
Me desperté angustiado. Puse el televisor. Apareció un señor en pantalón corto que andaba deprisa para hacer ver que corría. Pero no corría. Pensé que la pesadilla seguía. Pero a aquel hombre no se le veía angustiado. De hecho sonreía. Al día siguiente, Mariano Rajoy se reunió con el comité ejecutivo del PP, pero, cuando acabó la reunión, dijo que no habían hablado de las propuestas para formar gobierno aunque lleva doscientos no sé cuántos días en funciones. Veinticuatro horas más tarde, ponía fecha para su investidura y amenazaba con convocar unas terceras elecciones el día de Navidad si no lo escogían a él.
Pensé en el empresario, el maestro, los taxistas y en todos los que piensan que el mundo se mueve bajo sus pies. Y volví a ver a Mariano Rajoy andando deprisa para hacer ver que corría.

(Publicado en La Vanguardia el 20 de agosto del 2016)

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