Sitios a los que viajar

La geopolítica convierte el Mediterráneo en el gran receptor del turismo mundial. Para lo bueno y para lo malo 

El turista de masas solía decidir sus viajes mirando los escaparates de las agencias y rápidas consultas a los foros de internet. Ahora ha incorporado los boletines de noticias. Mira dónde estallan las bombas de Estado Islámico y decide. Tanto, que los que hacen el viaje por su cuenta evitan según qué aeropuertos y determinadas líneas aéreas porque los perciben más arriesgados. Y últimamente también alguna que otra capital europea.
El turista de masas contaba con cuatro o cinco grandes áreas de migración estival en el planeta. Las del otro lado del Atlántico (México o Dominicana) andan un poco tocadas. Uno se escapa por unas horas del resort y se puede encontrar sin querer metido en un capítulo de Breaking Bad, con tiros y atracos. Más cerca, el deterioro de las sociedades del litoral sur del Mediterráneo ha sido vertiginoso. Desde los días esperanzados de la Primavera Árabe, escaparse a sitios como Susa, Luxor o Hammamet no parece un consejo recomendable.
Lo trágico ahora es Turquía. El nuevo mundo visitable se podía clasificar entre países con democracia liberal y estados semi-autoritarios (con una fachada de elecciones, cierta libertad de expresión en los medios y ONGs toleradas). Se aceptaba ese peaje porque garantizaba la paz social. Sobre todo para el visitante. Turquía era el mejor modelo de eso. Ahora es un país violento. Se comporta como una dictadura. Y seguramente ya lo es.
Todos estos cambios han favorecido de una manera inevitable el turismo mediterráneo tradicional. El europeo. Este verano, Grecia tiene más turistas que nunca (quién se lo iba a decir a Varufakis, que no quería subir el IVA turístico). A Portugal también le va bien. Y, claro, a España.
La economía española se despidió en 2008 de años de bonanza angustiada por su adicción a la construcción y al sector inmobiliario. Esa dependencia compendiaba los males que aquejaban a aquella sociedad: deuda sin límites, corrupción en la administración y en la política. Ahora esa misma economía ha regresado a lo alto del ciclo económico. De nuevo con signos de elevada dependencia de otro sector, el turismo.
La experiencia dice que cuando algo funciona, uno ya puede ponerse pesado que, en general, nadie escucha. Como en los 2000, cuando se alertaba de la burbuja inmobiliaria (¿quién iba a moverse, con tanto interés creado?). O ahora, cuando se habla de saturación en el modelo turístico. Es verdad. No es lo mismo. Pero el turismo vuelve a ser un buen reflejo de lo malo que puede dar de sí una economía. De los costes que los no turistas pagamos (Barcelona como ejemplo, pero no el único). De la precarización del trabajo. De los bajos sueldos, en un sector con márgenes elevados. Del subempleo: cuánto licenciado desmotivado sirviendo mesas…
Vale, vale… Nadie sacrificará ese trozo de prosperidad, aunque esté mal repartida. Y los turistas tampoco dejarán de venir. Porque, ¿qué otro sitio les queda? Pero ya que estamos abocados a ello, ¿por qué no se lo hacemos pagar todo un poco más caro?

 

(Publicado en La Vanguardia el 13 de agosto del 2016)

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