La rebelión de los ‘losers’

Los referéndums tienen algo especial y terrorífico: la gente piensa que se juega tanto que nadie se queda en casa

 

Había pocas motivaciones racionales para defender la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Sobre todo si vives en Londres, trabajas en la City o eres un joven profesional conectado al mundo. Los miedos y las angustias que han facilitado la victoria del sí (la inmigración o la pérdida de poder adquisitivo para la antigua clase obrera británica) no van a desaparecer cuando abandonen la UE. Porque las minas no volverán a abrir, como tampoco lo hará la vieja industria. Tampoco volverá el Imperio.
Pero es la opción que ha tomado la gente mayor, la que se siente más pobre, la que piensa que la historia le ha ido a la contra. En suma, los perdedores del proceso de mundialización. Toda esa generación de ‘losers’ de la que anda llena la ficción británica de los últimos años: de los politoxicómanos del Trainspotting de Irving Welsh, a los descolocados de la entrañable Full Monty.
Las democracias de verdad tienen eso. Que todos votan. Aunque puedan equivocarse. Y los referéndums tienen algo de especial y terrorífico: la gente piensa que se juega tantas cosas que se lo acaba tomando en serio. Nadie se queda en casa.
La economía ayuda a explicar esa atracción por el abismo. Porque la liberalización reduce la base de la industria manufacturera local. Imposibilita los altos salarios de los trabajadores poco cualificados. Les condena a elegir entre el desempleo y la protección social o los trabajos baratos en el sector servicios, donde compiten con los recién llegados… Y no hay nada como el resentimiento y lo que se percibe como humillación para alimentar la rebelión.
Pensarán que todo eso es retórica izquierdista. Pero no lo es. Es un aviso a las élites. A cómo han gestionado los cambios que traía la mundialización. A cómo han despreciado algunas nociones básicas sobre la redistribución.
Porque los británicos no sólo han votado por largarse de la UE. Han hecho algo mucho más corrosivo. Han roto con la narrativa con la que todos trabajábamos desde hace décadas sobre la irreversibilidad de la mundialización. Sobre su carácter inevitable. También sobre el futuro de Europa. Hace tan sólo diez años, Europa, la integración de las economías europeas, era vista como la solución. Desde el voto del jueves, esto parece menos seguro. Europa es ya, para algunos, el problema. ¿Queda margen para maniobrar? Cada vez menos.

 

(Publicado en La Vanguardia el 25 de junio del 2016)

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