Una de robots

La idea de la expulsión del hombre del mercado de trabajo, típica de los 70, se abre paso en la economía

 

Primero la música. En 1970, Kraftwerk, unos alemanes de Düsseldorf, revolucionaron el mundo del pop con los ordenadores. Era gente de sólida formación musical. Hacían música electrónica, unas letras muy simples y unas armonías tan pegadizas que les permitieron cultivar la vanguardia y al mismo tiempo triunfar en los jingles de la publicidad televisiva.
Los de Kraftwerk eran de los que pensaban mucho y querían que se les notara. En 1978 sacaron un disco que se llamaba Robots. Cuando lo tocaban en directo, los cuatro miembros del grupo abandonaban el escenario y dejaban puesto el playback. Para que quedara claro que las máquinas se lo podían hacer solas. Eso cuando no dejaban en su lugar a cuatro maniquíes horribles con su cara que se movían como los autómatas del parque de atracciones del Tibidabo. Cuando eso ocurría, desde el público se alzaba un murmullo de aprobación. La gente, entonces, era muy ingenua.
Dicen que el arte siempre ha tenido cierta capacidad para anticipar el futuro. En especial la música y el cine. En los setenta la música hablaba ya de que llegaría el día en que las máquinas iban a sustituir al hombre. El cine también, llevaba años imaginándolo. Incluso la sociología empezaba a preocuparse por un futuro en el que el trabajo habría desaparecido (para bien y para mal). Sin embargo, cada vez que alguien decía algo así, los economistas sonreían con suficiencia. Aquello era ciencia ficción barata. Y no era la primera vez que ocurría. La verdad, razonaban, era que cada innovación tecnológica llegaba siempre cargada de esa clase de temores. Pero, por fortuna, esa misma tecnología provocaba un aumento de la productividad, que a su vez garantizaba a la gente más dinero y más tiempo libre, lo que implicaba el nacimiento de nuevas actividades. Y así la rueda giraba y giraba…
Ahora, sin embargo los economistas ya no parecen estar tan convencidos de ello. La idea de una futura expulsión del hombre del mercado laboral por las máquinas les sigue pareciendo extemporánea. Tampoco conciben una sociedad en la que una parte significativa de la población quede fuera de juego porque sus habilidades ya no se valoran. Pero el debate empieza a abrirse camino (y la mejor muestra de ello es el suplemento Dinero que se publica mañana en este periódico).
Quizás sea porque la velocidad de implantación de las nuevas tecnologías parece haber adquirido un ritmo muy superior a la de anteriores oleadas de innovación. Quizás sea porque el avance de los grandes grupos digitales nacidos en Silicon Valley parece imparable. Pero lo cierto es que ya se empieza a hablar de ello. Nombres como Larry Summers o Jeffrey Sachs admiten que la hipótesis no es tan descabellada. De hecho, es ese temor a una pérdida generalizada de empleo (o de empleo dignamente remunerado) la que alimenta ideas como la de la renta mínima universal. Es decir, el salario básico para todos que se votó el pasado domingo en Suiza.
¿Y si los freaks de los setenta tuvieran razón?

 

(Publicado en La Vanguardia el 11 de junio del 2016)

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