Un lugar en el que vivir

El exceso de dinero barato y el ‘offshoring’ amenazan con expulsar a los residentes de las grandes ciudades

 

Hace un año era un hombre agobiado. Presidente de una venerable entidad profesional barcelonesa con un siglo de historia. Pero con un enorme agujero en el balance y una fuga permanente de colegiados. Hoy es un hombre feliz. Ha rebajado las cuotas a sus asociados, ha recuperado a algunos de los que le abandonaron en plena crisis de fe de la clase media, y se ha pagado una sede moderna de cristal y madera nórdica. Todo gracias a la venta de la vieja sede, un caserón modernista del Eixample barcelonés. Algún colegiado se lo ha reprochado. Pero él está tranquilo. Él lo llevaba mal. “Mucho artesonado y mucho foyer. Pero tengo una edad, y allí dentro pasaba mucho frío”.
– Pero ¿quién se lo ha quedado?
– Unos libaneses…
¿Libaneses? Bien, en realidad él no sabe muy bien quiénes son los verdaderos propietarios. Porque todo lo llevaron unos abogados por cuenta de una sociedad de inversión desconocida. “Me he acercado algún día por allí. Pero está vacío. Tampoco he querido preguntar”.
Barcelona no juega en la primera división de ciudades en las inversiones offshore en el sector inmobiliario. No es Londres, donde una legislación mucho más laxa ha permitido que se contabilicen hasta 44.000 propiedades susceptibles de encontrarse en esas circunstancias. Pero Barcelona no escapa al radar de todo ese dinero errante que va a la búsqueda de un refugio en el que pasar inadvertido.
David Cameron, un político que conoce bien el mundo offshore porque su propia familia gestionaba sociedades en Panamá, ha anunciado que el Reino Unido va a crear un registro de grandes propiedades para seguir más de cerca todo ese dinero. El objetivo declarado es luchar contra la evasión fiscal. Holanda y Francia también van a crear registros parecidos. Cuando la política llega a determinados territorios, el capital internacional lleva ya años acampado en ellos. Pero el inmobiliario es un sector especialmente sensible. Sobre todo en las grandes ciudades.
Las viviendas no sirven sólo para invertir y almacenar riqueza, algo perfectamente legítimo. Son también un espacio en el que vivir. El offshoring distorsiona los grandes mercados urbanos inmobiliarios. Pero todavía más explosivos son los efectos de las políticas de tipos negativos de los grandes bancos centrales. Porque inundan de liquidez el mercado financiero y dejan a mucho dinero sin posibilidades de remuneración. Mucho de ese dinero se dirige al sector inmobiliario. Y provoca subidas de precios que hace esas viviendas inasequibles para los residentes locales.
Se perciben ya burbujas inmobiliarias en Dinamarca (el FMI ha alertado de ello) y en las grandes ciudades alemanas. También muy localizadas en distritos de Barcelona. Ya sea porque los precios de venta son muy elevados. Ya sea porque desplazan la demanda hacia los alquileres y estos también suben. Para según qué cosas, el dinero es un gran transmisor

 

(Publicado en La Vanguardia el 14 de mayo del 2016)

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