Los veranos del vecino

Las migraciones han sido la mejor manera de resolver la pobreza en el mundo, pero cada vez se levantan más vallas para frenarlas

Esta es la historia de un vecino que, nada más empezar la década de los 70 se largó con la familia a Suiza. Trabajaba en la industria textil. Faltaban todavía cuatro o cinco años para la reconversión del sector y las ocupaciones de fábricas. O sea, que el vecino se fue porque en Suiza pagaban más por el mismo trabajo que hacía aquí. Cuando llegó el verano, el vecino volvió para pasar las vacaciones. Lo hizo en un Toyota, que era un coche que por entonces aquí no se veía. Y que era la prueba definitiva de que en Suiza ataban los perros con longaniza. Su hijo se presentó en casa cargado con los discos de David Bowie, un tipo con la cara pintada. Pero no era tan feliz como el padre. Decía que los suizos no le trataban bien y que eran tan raros que iba a necesitar muchos años antes de tener la nacionalidad. La historia se repitió varios veranos. Hasta que un día el hijo dejó de venir. Se había hecho suizo. Sus padres lo lamentaron. Pero siempre les quedaría el Toyota. Y con los años, un par de pensiones que eran la envidia del vecindario.
Por lo normal, los ingresos que uno recibirá en vida dependen del sitio en el que trabaja o le ha tocado nacer. Si en el país de al lado pagan más, la gente hace el cálculo y se arriesga. ¿Para qué tardar veinte años en comprarte el coche si allí puedes hacerlo en uno? Ese era muchas veces el cálculo de las migraciones en los 60 y 70. A alguien puede resultarle ofensivo contarlo así. Porque nos hemos acostumbrado a pensar que la gente va a los países ricos porque huye del hambre y de las guerras. Y porque la retina se nos ha llenado de pateras y de gente que se ahoga para atravesar el Mediterráneo.
Pero el detonante de las migraciones, por causas más o menos dramáticas, es la desigualdad. El gap de riqueza entre países. Como explica Branco Milanovic (exdirector económico del Banco Mundial), las migraciones son el factor que más ha hecho por la reducción de la pobreza y la desigualdad en el mundo. El inconveniente es que esa inmigración amenaza con reducir el nivel de vida de los ciudadanos de los países ricos. Y así lo perciben. Sobre todo si los que llegan, lo hacen con la perspectiva de disfrutar de todos los servicios de la sociedad que les acoge.
Milanovic ha provocado esta semana la polémica al destacar en Financial Times que cuanto más se insista en garantizar a los recién llegados los plenos derechos como ciudadanos, mayor será la resistencia de los autóctonos a aceptarlos. Y que una de las maneras de reconciliar la reducción de la pobreza en el mundo y hacer aceptables esas migraciones es crear diversos grados de ciudadanía (es decir, no una ciudadanía plena). A Milanovic, un hombre honradamente inquieto por las desigualdades, le han acusado de haber reinventado el apartheid.
La manera de razonar de Milanovic nos resulta hoy inaceptable. Pero atención. Vean lo poco que ha tardado en modificar sus convicciones el más posmoderno y rápido de los políticos europeos, Angela Merkel. Abrió las puertas del paraíso por el impacto de la fotografía de Aylan Kurdi (el niño ahogado en el mar Egeo). Pero las cerró semanas después con los sucesos de la estación de Colonia. Quizás Milanovic no haga más que anticipar lo que viene.

 

(Publicado en La Vanguardia el 23 de abril del 2016)

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