No somos todos

El negocio del ‘offshoring’ ha proliferado en los últimos años y acelera la corrosión de las haciendas de los estados

 

La década de los 70 fue la del primer crash del petróleo, la inflación, la reforma política, los pantalones de pata de elefante y los zapatos de tacón alto para hombres. Fue la década del “todo es posible” porque pocos sabían (sabíamos) cómo funcionaba el dinero. Era una década feliz. Ingenua. En 1978 ponías el televisor (en blanco y negro) y aparecía Bárbara Rey para decir que “Ahora Hacienda somos todos. No nos engañemos”. Después hablaba de su marido, Ángel Cristo, un domador bajito y muy hombre que ponía la cabeza en la boca de los leones. Y añadía: “No se puede ser feliz engañando”.
Llegó el desencanto. Bárbara y Ángel se separaron. Apareció José Borrell, que sentó a Lola Flores en el banquillo. Pero el eslogan de aquella campaña “Hacienda somos todos” perduró. Aguantó bien hasta el 10 de enero de 2015. El día en que Dolores Ripoll, abogada del Estado en representación de la propia Hacienda en el caso Nóos quiso desmontar la acusación del fiscal José Castro contra la infanta con el argumento de que lo de “Hacienda somos todos” era sólo publicidad y no podía aplicarse al derecho.
La verdad es que ya lo sabíamos. También sabíamos que, en contra de lo que decía Bárbara Rey, “se puede ser feliz engañando”. Y porque en cuarenta años se han puesto las condiciones financieras y legales internacionales para que eso sea posible. Se puede hacer de manera elegante. Lo que se conoce como elusión fiscal. O se puede hacer de forma más grosera. Pero que la evasión de impuestos corroe unas democracias que recaudan cada vez menos, lo que les obliga a cargar con deudas que se tornan impagables, es un problema detectado desde hace años.
Los “papeles de Panamá” han llenado los medios con los nombres de titulares de sociedades no confesadas. Dictadores, famosos, políticos, empresarios. Cada uno ha reaccionado de la manera a que está acostumbrado. El entorno de Putin ha hablado de conspiración. El primer ministro islandés, Sigmundur Gunnlaugsson, casi se cayó de la silla cuando le entrevistaron. “Créanme, esas preguntas me incomodan” dijo. Horas después dimitía. El argentino Mauricio Macri, en cambio, se mostró tranquilo al justificar su presencia en razón de inversiones del entorno familiar. “Yo estaba puesto como director por mi padre” dijo en una intervención televisada a la nación. Uf, Mauricio, menos mal…
Pero quizás deba aclararse que lo aparecido son los nombres de un solo despacho en una sola plaza financiera. Que hay más sitios como Panamá. Estados Unidos, por ejemplo. Pero que a la OCDE le falta valor para discutir el régimen fiscal de estados como Nevada, Wyoming o Dakota del Sur… En los 70 todo esto ya pasaba. Pero desde entonces, el offshoring ha proliferado. Es una pata clave del sistema financiero y empresarial internacional. Seguramente ahora somos más sabios que en los 70. Aunque no está claro que eso sea un consuelo.

 

(Publicado en La Vanguardia el 9 de abril del 2016)

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