Jóvenes y cínicos

Dicen que los jóvenes ven mejor su futuro laboral que los mayores. ¿Se han adaptado a la inestabilidad?

Encadenan un trabajo de meses con largos periodos de inactividad. Saltan de un empleo a otro con frecuencia. Tienen suerte (mucha suerte) si trabajan de aquello para lo que se han preparado. Cobran sueldos más bajos que sus padres. Su vida es tan impredecible como la del electrón. Cuando cenan juntos y uno de ellos dice que su proyecto es vivir en pareja, comprarse un coche y una vivienda, ríen, porque les acaban de contar un chiste malo. Son la materia prima de fenómenos políticos como Podemos o la CUP, que inquietan a la gente de orden y donde la lucha entre generaciones se maquilla de lucha de clases. O al revés.
Los economistas que más escriben sobre la justicia intergeneracional, sobre ese contrato básico que asegura la estabilidad social (Guillem López Casasnovas, de los que más) están angustiados porque los que hoy tienen entre 20 y 40 años no “heredarán la Tierra” tal y como la recibieron. Y porque la literatura científica asegura que estos desajustes son semilla de sobresaltos.
La paradoja llega cuando uno comprueba, en el último informe sobre confianza social Esade-La Caixa, que las expectativas de los más jóvenes (de 35 años para abajo) sobre su futuro laboral han mejorado en los dos últimos años. Y que son mucho más optimistas que los encuestados de las franjas de edad superiores. Carlos Obeso, profesor de Esade, experto en temas laborales, aventura que la explicación tiene que estar en que esos jóvenes no han vivido otra cosa que la temporalidad y el subempleo. “Lo razonable es pensar que se han adaptado”. Es decir, los más jóvenes lo ven todo mejor porque vienen de la gran destrucción de empleo del 2009-2012 y de cotas de paro de hasta el 50%. No conocen otra realidad laboral que la precariedad y la inestabilidad forma ya parte de su horizonte de vida. Visto de ese modo, el problema lo tendrían los padres, que no han sabido adaptarse. No los hijos.
La globalización empezó a hacerse notar en las empresas a finales de los 70. Los gestores que supieron ver lo que venía, reaccionaron en consecuencia. “Pero en el momento en que introduces la incertidumbre en el seno de la empresa, las cosas empiezan a avanzar en esa dirección”. La crisis del 2008 no ha hecho más que acelerar el camino abierto hace ya unas décadas.
Vivir en precario implica unas cuantas cosas. Una, que el trabajo ya no es algo central en tu vida. De hecho, circulan estudios que indican que el absentismo aumenta si las plantillas son más jóvenes. Al fin y al cabo, quien paga mal u ofrece trabajo de mala calidad, tampoco puede esperar gran cosa. Otro cambio es de naturaleza moral. Los jóvenes se preparan en escuelas, institutos y universidades en los que los profesores les transmiten la importancia de los valores y de sus derechos. Pero la realidad que descubren es otra. Y, sin embargo, la conflictividad sigue confinada en sectores tradicionales (en el Metro, en la Renfe). ¿Por qué? Puestos a explicarlo, a Obeso se le escapa la palabra “cinismo”. Quizás sí, quizás esos jóvenes sean bastante más cínicos que sus padres. Quizás eso también lo explique todo.

 

(Publicado en La Vanguardia el 19 de marzo del 2016)

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