Lo viejo y lo nuevo

Entre la industria del acero y las ciencias de la vida, los caminos divergentes de la familia Rubiralta
¿Qué tienen en común una empresa que se dedica al acero con otra entregada a la distribución de material médico? Prácticamente nada. Pero en la segunda mitad de los años sesenta, los hermanos Rubiralta, Francesc y Josep Maria, crearon dos empresas de naturaleza tan distinta como Celsa y Werfen. La primera tenía como materia prima el acero. La segunda el material médico. La sintonía entre ambos era total. Se repartieron el capital: ambas corporaciones tenían participaciones cruzadas en el accionariado.
Probablemente, una solución de este tipo –más al estilo de los grandes conglomerados asiáticos– no hubiera superado los análisis de las grandes consultoras y bancos de inversión internacionales. Pero este era entonces un país que justo empezaba a abrirse al exterior y los Rubiralta gente muy discreta y lista que se adaptaba a las oportunidades según como iban llegando.
Pero la sintonía se agotó en el 2006. Y también el modelo. Hubo una decisión de inversión en Celsa que el primer gestor de Werfen no compartió. Rompieron la alianza. Para entonces, ambos grupos habían crecido. Sobre todo Celsa. Se habían internacionalizado. Habían comprado pequeñas empresas. Y representaban universos corporativos muy diferentes. Los hornos de fusión de Castellbis-bal, esas gigantescas estructuras metáli-cas pegadas al río Llobregat y visibles desde la AP-7 son seguramente la imagen más próxima de la industria tradicional que queda en este país. En el otro extremo, Werfen era (y todavía lo es, con su sede en la plaza Europa de l’Hospitalet) un mundo de salas blancas y oficinas asépticas.
La segunda generación de los Rubiralta se hizo cargo de los respectivos grupos. Otro Francesc al frente de Celsa. Jordi Rubiralta al frente de Werfen. Al empuje de los padres siguió la especialización de los hijos. El primero diversificó. El segundo cambió la naturaleza de Werfen. La fabricación empezó a ganar peso en relación con la simple distribución. Aquello era ya otra industria.
En los días que siguieron a la separación todo hizo pensar que el hombre del acero salía ganando. Su facturación más que triplicaba entonces la de la empresa de distribución farmacéutica. Ahora las tornas están cambiando. Puede que las causas estén en una decisión estratégica mal tomada en su momento. Pero lo que condiciona la percepción de ambas industrias (la del acero y la de la salud) son las expectativas.
Las expectativas dictan el futuro de unos y otros. La del acero, materia prima condenada al bajo precio que deriva de la sobreproducción que llega de China. La del material médico y hospitalario (hoy rebautizado con el ambicioso término de ciencias de la vida y de la salud), que parece un campo abierto e inacabable de negocio por llegar. La distancia, en definitiva, que separa lo viejo de lo nuevo.
(Publicado en La Vanguardia el 12 de marzo del 2016)
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