Las dos velocidades

Mientras el gran comercio digital compite en gigantismo, el pequeño va quedando atrás

 

El mundo del comercio se mueve a dos velocidades. Las grandes empresas del comercio digital compiten por lo que califican de la última milla, es decir, la de la entrega a domicilio en plazos de tiempo cada vez más cortos, de todo aquello que uno acaba de comprar a través del móvil. O discuten si abrir grandes tiendas físicas de manera excepcional para refrescar el apetito del comprador y reavivarle la tentación por lo material. E incluso pelean por nuevas aplicaciones tecnológicas que les permitan hacer llegar la oferta con mayor inmediatez. Pero el pequeño comercio, el de verdad, el de antes, va quedando atrás. No es una cuestión de dimensión, sino de concepto. De dejar por un rato el siglo XXI y retroceder a la década de los 50, de cuando las cosas se veían en blanco y negro.
Si se han perdido alguna vez en la periferia de las grandes ciudades, quizás en los barrios de la infancia, también en algunos pueblos, sabrán qué intento decir. Y el mejor (o el peor) ejemplo de todo ello son los bares. Si se han visto obligados a refugiarse en uno de ellos para tomarse un café, puede sucederles que acaben calculando mentalmente cuántos centenares de cafés o de bocadillos hacen falta cada día para que ese establecimiento sea rentable. Y lo más probable es que no les salgan las cuentas.
Tampoco en este caso la globalización, la de las personas, ha mejorado las cosas. Muchos de esos comercios están hoy regentados por ciudadanos de origen asiático. Ha sido la condición inevitable para su supervivencia (aunque ese es otro misterio). Pero no se percibe en ellos la más mínima novedad comercial o de oferta que pueda despertar interés y hacerte volver otro día. En la mayoría de casos esa oferta se reduce a la presencia de un televisor encendido al fondo del local para evitar el silencio.
Sufren los bares. También los viejos restaurantes. Sean de tapas o de cocina algo más elaborada. Que en el mejor de los casos, es sólo un decir, pueden ser sustituidos por establecimientos de fast-food que abren y cierran de forma periódica. Sufre en definitiva el paisaje, que se va llenando de locales vacíos. La crisis bancaria, en especial la de las cajas de ahorros, dejó muchos locales vacíos que ya no se han vuelto a llenar. Llegaron las franquicias. Entre las que más empleo dieron a los escaparatistas, las cadenas de clínicas dentales. Han acabado por generar una pequeña burbuja que se está pinchando estos días. En ocasiones, es verdad, aparecen iniciativas originales, bienintencionadas, pero uno se pregunta quién les habrá asesorado, porque ya en la apertura está la sospecha de que tienen un plazo de vida limitado.
El comercio se mueve a dos velocidades. Son dos mundos que conviven y que apenas se penetran uno a otro. El grande, el digital, destinado a hacerse cada vez más grande y más tecnificado. El otro, el pequeño, que parece no querer morir. Pero que es inmune al cambio.

 

(Publicado en La Vanguardia el 5 de marzo del 2016)

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