Delphi como síntoma

La economía crece más rápido que la creación de empleo  y la globalización contribuye a ello

La multinacional americana Delphi ha anunciado el cierre de la planta de Sant Cugat y el despido de 543 personas antes de que acabe el año. ¿Es un golpe imprevisto? No, los americanos habían avisado hace meses (incluso años) de la pérdida de competitividad de esta planta que instalaron en 1962 y el cierre ha sido precedido por diferentes recortes en la plantilla. ¿Es un problema específico catalán? Tampoco. Otra compañía auxiliar de la automoción, TRW, despedirá 250 en Navarra y Arcelor Mittal ha anunciado el cierre de Acería Comptacta de Bizkaia, con 330 puestos de trabajo perdidos. La misma Delphi ya había cerrado en el 2005 la planta de Sevilla (1.500 trabajadores menos).
¿Es un problema de la industria manufacturera a todo el estado? En parte. Pero no solo. Repsol prejubilará a 750 personas hasta el 2018. Iberia quiere echar (de manera voluntaria) 1.427 más. La constructora Sacyr habla de 400 despidos. Telefónica ha puesto 2.900 millones sobre la mesa para prejubilar a toda la gente que sea posible de más de 53 años. Vodafone prepara el despido de 1.427 personas, Orange-Jazztel de hasta 550…
Son noticias de las últimas semanas. Y explican, en parte, porque aunque la economía, en términos de PIB, se va acercando poco a poco a los niveles previos a la crisis, el empleo va muy por detrás.
Hay muchas razones que explican esta sangría. En el trasfondo está la sobrecapacidad de plantillas que fueron pensadas para momentos excepcionales (la España de la burbuja lo era). En otros, de la digitalización y modernización del tejido empresarial: la industria invierte pero lo hace en empresas intensivas en capital, no en mano de obra. Pero el factor que todavía pesa es la continuidad de una tendencia que ya se apuntaba a principios de los 2000. Y la finalización, al menos aparente, de la crisis inmobiliaria y financiera no lo ha resuelto: es la globalización y el continuado efecto de la competencia exterior en las actividades de la industria más tradicional.
Eso no es nuevo. Pero sus efectos continúan, y se seguirán sintiendo en la industria más envejecida. Y como consecuencia, en las condiciones de vida de las clases medias occidentales. Tanto es así que individuos como Donald Trump lo han convertido en caballo de batalla electoral: ¡parad a los chinos! Incluso los economistas matizan ahora algunas de las previsiones más optimistas que se habían hecho sobre los efectos del libre comercio (Paul Samuelson, 1941), especialmente una vez vistos los efectos de la irrupción de un gigante como China. Ni los que pierden el trabajo la encuentran tan rápidamente como se pensaba en otros sectores ni los efectos benéficos llegan tan a corto plazo como se creía.
Claro que para los que viven directamente sus efectos no les hace falta escuchar a Donald Trump ni releer a Paul Samuelson para saber lo qué ocurre. “La empresa dice que cierra porque no somos competitivos. Sí que lo somos. Lo que pasa es que nos quieren poner a los nivel de los costes de las fábricas rumanas” decía jueves un sindicalista de Delphi. Pues es exactamente eso.

(Publicado en La Vanguardia el 6 de febrero de 2016)

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