Discos y vinilos

Cuanto más arrasa la tecnología digital, más vuelve la analógica, pero en forma de ‘vintage’, de lujo

Hace unas semanas visitó con su hijo de trece años en una emisora de radio local. Nada más entrar en la cabina, observó que la mirada del hijo se fue a los estantes, que estaban repletos de discos. “Mira, vinilos…”. Dijo precisamente “vinilos” con voz grave. Como quien descubre algo de gran valor y por lo que muestra mucho respeto.
Su hijo tiene trece años. Toda su educación musical ha sido exclusivamente digital. Pero para él, los vinilos, los discos de la juventud del padre (aunque ahora vengan mejor envueltos y con precisiones sobre la naturaleza del prensado) son ahora lo más “in”, la cosa más moderna y total del universo sonoro.
Días después, arrastró a su hijo al centro de la ciudad, donde abrió este agosto una librería que lleva por nombre “La Temerària”. Se trata probablemente del nombre más preciso y exacto para quien se atreve a abrir una librería en estos tiempos implacables con el papel. El efecto no se repitió. Su hijo se ha criado rodeado de libros. Personalizados, articulados, desplegables… Él no ha redescubierto el libro. Pero mucha gente sí. Ha vuelto al libro y ha abandonado el e-book (las ventas se han desplomado un 10% hasta junio). Y decenas de temerarios han abierto librerías físicas. Como Amazon también ha abierto su librería.
Lo digital manda. Pero lo analógico está de regreso. Aunque de otro modo. Lo digital es lo “democrático”, aquello a lo que todo el mundo puede acceder. Lo analógico es hoy lo “vintage”, o más directamente, el lujo. Piensa en ello cada vez que cae en sus manos un ejemplar del “How to Spend It”, el suplemento del sábado del Financial Times. Muy pocos de los productos que se exhiben en sus páginas, ya sean joyas, relojes, ropa o viajes son accesibles al gran público. Sólo llegan a ello unos cuantos ricos. Y las esposas de los jeques árabes, que se llevan las páginas recortadas con lo que quieren comprar cada vez que viajan al Harrod’s de Londres. El resto de gente lo mira para soñar. Para imaginar qué podría comprar si fuera rico. Y ahí está la avanzadilla de lo que viene o que ya es accesible para algunos: tocadiscos artesanales, altavoces hechos con maderas nobles, jukebox, e incluso antenas de televisión!
Esta Navidad el hombre sopesa si le alcanzará para comprarse un tocadiscos como esos. Aunque también los hay más baratos. E incluso le da vuelta a si debe comprarle un vinilo -¿de quién?- a su hijo. Lo que ya ha hecho saber a su entorno más inmediato es que no va a aceptar ningún artilugio de esos que auscultan el cuerpo. Los llaman “wearables” y son la más inmediata promesa de la legión digital. Aparatos que vigilan la presión arterial, las pulsaciones del corazón o las horas que duerme y cómo las duerme. En eso ya ha hecho saber que nunca piensa ser digital. Que le basta con la visita anual al doctor para sentirse mal. No sea que esa propensión a la hipocondría que siempre le acecha, acabe por escapar a su control

(Publicado en La Vanguardia el 12 de diciembre del 2015)

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