Llorar por el carbón

Nadie espera grandes cambios, pero la cumbre del clima es síntoma de grandes cambios en la economía

A finales de los sesenta, viajar hasta el Alt Berguedà era como hacerlo a otro planeta. Nada más cruzar el pueblo de Cercs, el aire se volvía algo más espeso y el hedor se iba haciendo más intenso. Todo olía a carbón. Los hombres, porque el polvo se les quedaba adherido a la piel y no marchaba ni con jabón. Las casas, porque todo el mundo tenía carbonera y utilizaba el combustible para quemar. Por la noche, ya instalado, sacabas la cabeza por la ventana de la habitación y a veces costaba ver el Llobregat, escondido bajo una sabana blanca. Al día siguiente te levantabas y ya te habías acostumbrado. Apenas notabas ese olor.
El pasado 3 de noviembre hizo treinta años del accidente de la mina de la Consolació, en Figols. Murieron treinta personas en una explosión cuyo origen nunca ha estado claro. La gente recuerda aquellos años con emoción y con una nostalgia amable. Los que trabajaban en la mina no hacían la mili. Se jubilaban a una edad relativamente temprana. Y todo el mundo tenía trabajo. Tan amable es hoy el recuerdo, que se ha acabado por olvidar que la gente también moría joven. De silicosis, pero no sólo (del término epidemiología todavía no se hablaba). Tampoco nadie recuerda que aquel carbón era un carbón de mierda (con perdón). El lignito del Berguedà era tan poco calorífico como contaminante.
El próximo lunes empiezan en París las conversaciones entre países para reducir las emisiones de CO2 y tratar de mitigar la velocidad del cambio climático. Nadie espera un acuerdo ambicioso. Ni tan sólo un acuerdo decente. Porque reducir las emisiones de CO2 a la atmósfera significa quemar menos combustibles fósiles. Eso quiere decir, aunque nos pese, frenar el crecimiento. Y el crecimiento es todavía hoy la medida del éxito de cualquier gobierno.
Sólo algún país ha hecho avances sustanciales. El que más, Alemania. Desde que Angela Merkel puso fecha al fin de la energía nuclear, el sector energético vive un verdadero tsunami. E.ON, no hace tanto uno de los grupos energéticos más poderosos de Europa, ha registrado recientemente pérdidas estratosféricas (en torno a los 8.000 millones de euros). Entre otras cosas porque las agencias de calificación le valoran en calderilla las centrales alimentadas con carbón. Y si en alguna cosa todo el mundo está de acuerdo (también el propio sector) es en ir cerrando las minas de carbón y en abrazar el gas. Que también contamina. Pero menos.
Ahora el cielo del Berguedà tiene un color azul fantástico. Y el aire es mucho más transparente. También es verdad que no hay trabajo. Con el carbón se fue la sociedad industrial que habían conocido los padres y que tanto caracterizó la comarca. Conozco gente que es de allí arriba que ahora trabaja en Barcelona y que sube de vez en cuando a ver a la familia. A veces parece que lloran la desaparición del carbón. Y te enseñan con orgullo las fotografías de familiares que trabajaron con él. Pero no conozco ni uno que esté dispuesto a volver a la mina.

(Publicado en La Vanguardia el 28 de noviembre del 2015)

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