Nostalgia de los salarios

Basta con tu cerebro, un ordenador y el wifi para vender tu trabajo. Eres libre, pero estás más solo

Esta semana, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha reconocido que el empleo asalariado está en retirada. De sus cenizas emerge un mercado laboral en el que tendrán un peso creciente los autónomos, a los que pronto nos acostumbraremos a llamar “trabajadores independientes”. La causa de estos cambios hay que buscarla en la difusión de nuevas tecnologías (la digitalización, las comunicaciones instantáneas) que hacen que las empresas sean cada vez más flexibles. Muchas de las tareas que se desarrollaban dentro de las empresas se expulsan ahora al exterior, creando a su alrededor una nebulosa (the human cloud, la llaman, la nube humana) que trabaja sólo cuando se lo pide.

Esa transformación es perceptible en la economía colaborativa: está el que alquila la vivienda, el que pone el coche para lo que sea, el fontanero, el electricista… Pero en los servicios ese cambio es todavía más rápido. Traductores, contables, abogados, auditores, consultores o redactores trabajan cada vez más por tareas y proyectos, no porque tengan una relación que pueda denominarse exactamente un empleo.

Gobiernos, partidos políticos y grandes empresarios no han cambiado el discurso de sus políticas. Pero intuyen que esto ya empieza a ser difícil de manejar. Las nuevas tecnologías han escapado al control del sistema que las ha engendrado y liberan fuerzas difíciles de dominar. Van más de prisa de lo que los estados pueden regular. Son propensas a crear grandes monopolios (Google, Apple, Amazon) que erosionan viejas actividades. Nacen, crecen y quizás se extinguen a la velocidad de la luz. Y facilitan que los más formados puedan vender sus habilidades de manera directa gracias a las plataformas de Internet. Lo mejor y lo peor de los grandes cambios es eso, que no son fruto de ninguna conspiración. No tienen padre ni madre.

El mensaje benigno de estos cambios es que basta con tu cerebro, un ordenador y una conexión wifi para acceder a un mercado global que paga por lo que vales sin importar de dónde vengas. Eres libre. La cara desagradable es que no hay una relación estable ni ningún tipo de compromiso entre quien encarga esas tareas y el que las ejecuta. Puede resultar guay, informal e incluso liberador (¡no tengo jefe!) cuando uno es joven. Pero puede convertirse en un infierno si uno se hipoteca, se pone enfermo, se hace viejo o quiere construir algo.

Hay quien confía en que toda esa masa gris que hoy circula de forma autónoma por internet acabe por organizarse. ¿Cómo? De momento, lo que queda es nostalgia y duelo por ese viejo mundo que desaparece delante de nuestras narices, el de nuestros padres y abuelos. El de las grandes masas asalariadas, el trabajo de por vida, la estabilidad y el futuro programable. Que era también el mundo de los sindicatos. Somos libres. Pero estamos cada vez más solos.

(Publicado en La Vanguardia el 10 de octubre)

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