Ya no hablamos de Tsipras

La euforia por Tsipras ha durado un año. A los que se manifestaron en la Meridiana, la alegría todavía les dura

En las cenas del primer jueves de cada mes siempre hablábamos de Tsipras. Los encuentros empezaron hace dos años en una brasería, pero después los cambiamos a un viena. No es que sea un sitio barato, pero la factura baja y a todos el bolsillo nos pesa menos. Siempre hablábamos de Tsipras. No es difícil imaginar porqué. Todos pasamos de los cincuenta y no hay nada que te haga sentir más joven que tropezarte con alguien capaz de romper la baraja y cambiar las cosas de arriba abajo.

Antes todos hablábamos de Tsipras. Pero ya hemos dejado de hacerlo. La euforia Tsipras ha durado un año. Los más entusiastas aguantaron hasta agosto. Se enardecieron con la convocatoria del referéndum para rechazar la propuesta de la Unión Europea. ¡Caray con los griegos! Pero se quedaron planchados cuando sólo unos días después el primer ministro aceptaba las condiciones del tercer rescate propuesto por Brusel·les. Algunos dijeron con la boca pequeña que Tsipras era muy demócrata. Lo era tanto que se tragaba el rescate contra el que había luchado durante años, pero después convocaba elecciones para que los electores le pasaran factura por haberse desdicho. En el cálculo, claro, de que las ganaría. Ahora parece que se arriesga a perderlas. Y a medida que pasan los días, el hombre huele a oportunista.

Nos hemos quedado sin adictos a Tsipras. Queda uno en que todavía es de Varufakis. Según cuenta, es coherente. Pero ni siquiera él entiende que un hombre que ha contado con la ayuda de Krugman, de Stiglitz o de Jeffrey Sachs lo haya hecho tan mal. Como experto en teoría de los juegos, Varufakis debe ser un crack. Pero como jugador de póker, no le dura diez minutos a Schäuble.

Pero como el mundo está como está, hemos tenido que buscar un recambio. Ahora hablamos de Jeremy Corbyn, que está a punto de hacerse con el Partido Laborista. Pero no es lo mismo. Tsipras era un tipo empático, jefe de un pequeño país que iba a ser capaz de doblegar la Unión Europea y cambiar las reglas del juego. Corbyn no es tan simpático. Es un tipo enjuto que hace cuarenta años que dice lo mismo. Tsipras tenía uno aura romántica y su política parecía nueva. Corbyn dice lo que decía el laborismo el año en que fue atropellado por Margaret Thatcher. Partidario de la economía estatalizada. Antinuclear. Suavemente pro-soviético (ahora pro-ruso). ¡Ni siquiera fue punk en 1979! Cuando el sociólogo Anthony Giddens empezó a teorizar sobre la tercera vía (la inglesa, no la nuestra) Corbyn entró en hibernación. Hasta ahora. Nadie se toma seriamente que llegue a Downing Street.

En las cenas del primer jueves de cada mes nos encontramos gente de todo tipo. Gente que era fan de Tsipras y también gente de orden. Y todavía otros que ayer fueron a la Meridiana. No piensen. También hay gente que es las tres cosas a la vez. Debe ser la edad. Pero a estos últimos, a los que se manifestaron ayer, la alegría todavía les dura.

(Publicado en La Vanguardia el 12 de septiembre del 2015)

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