El país decente de Miquel Puig

Todavía no hace tantos años, las utopías buscaban la transformación radical del sistema, la sustitución del modelo económico o grandes cambios políticos. La que persigue Miquel Puig en “Un bon país. No es un país low cost”, la construcción de un “país decente” es una utopía próxima. En apariencia, mucho más factible. En la práctica, como podrá comprobar el lector, no necesariamente más fácil.

“Un buen país” es, en parte, la continuación de “La sortida del laberint”, el libro que el economista publicó en 2013. Entonces identificaba el mal crónico de la economía española en unas altísimas cifras de paro, anómalas en el contexto europeo. Encontraba las causas en un modelo de crecimiento y unas políticas obsesionadas con la creación de empleo. Una opción que había dejado de lado la industria y optado por la construcción, el inmobiliario y el turismo. Es decir, por actividades capaces de generar mucho empleo en tiempos de bonanza, pero destinado a ser destruido rápidamente durante el cambio de ciclo. Empleo, además, de bajo valor añadido, mal remunerado, cubierto muy a menudo por la inmigración.

Las consecuencias de esas políticas eran un país en el que las empresas tienen poca capacidad para crear empleo para los hijos de las clases medias con una formación muy superior a la que el mercado laboral requiere. Y que al mismo tiempo, actúan como incentivo para el fracaso y el abandono escolar (en eso somos también campeones en Europa, con unos índices altísimos).

En este libro Puig va más allá e indaga en los efectos que provoca la preferencia por las actividades de bajo valor añadido como el turismo –que califica de “mal holandés” de la economía española y en particular de las economías catalana y balear- en la medida que enmascara una progresiva pérdida de competitividad.

Las consecuencias de esta elección son importantes. Lo son para el futuro de un estado del bienestar de vocación universal pero que se vuelve insostenible. Porque un país de mileuristas es un mal negocio: la aportación a la caja común es tan baja que muy a menudo no cubre las prestaciones que esta persona acabará requiriendo a lo largo de su vida. Y eso, añade, también es válido para la inmigración, una solución en el corto plazo, pero que no está nada claro que lo sea con el paso del tiempo.

De manera todavía más concreta, Puig precisa que el modelo vigente desde hace treinta años no es nada bueno para las pensiones. El sistema español de pensiones lleva años colgado de un hilo cada vez más fino por culpa de una de las demografías más bajas de Occidente y las elevadas tasas de desempleo. Un sistema condenado al colapso si se le suman unos aumentos de productividades minúsculos. Dicho de manera más sencilla: un país donde los hijos cobran a menudo menos que las pensiones que se pagan a los padres vive prisionero de una ecuación imposible de resolver.
¿Hay alternativa a este modelo? Miquel Puig piensa que sí y la busca en lo que él califica de países decentes. Es decir, todos aquellos capaces de crear un mix entre prosperidad (la capacidad para crear riqueza) y equidad (países con políticas que fomentan un elevado grado de igualdad interna). Puig los encuentra en las economías centroeuropeas y los países escandinavos.

Del conjunto de políticas que aplican estos países, Puig destaca la calidad del gobierno y las instituciones (racionalidad en las decisiones, intolerancia contra los comportamientos parasitarios) y la visión a largo plazo. Pero pone el énfasis en la lucha contra el trabajo mal remunerado mediante la implantación de un salario mínimo digno. “Con el cual -razona el autor- desaparecerían una buena parte de nuestros males”.

El del salario mínimo es un debate global. Entre los que están radicalmente en contra, básicamente liberales, porque entienden que provoca más paro, aunque la realidad no lo acaba de confirmar. Entre la izquierda y los keynesianos, que son partidarios. Puig opta por los últimos. No porque comparta sus convicciones sino porque da un alto valor a los efectos positivos que tendría un salario mínimo elevado en la productividad de las empresas.
En el actual debate sobre el turismo de masas, con la creciente incomodidad que provoca entre los residentes de ciudades como Barcelona, Puig trata de imaginar cómo el salario mínimo podría ser el mejor camino para conseguir “un turismo de calidad”. Un turismo, de salarios dignos, que piense más en la prosperidad común y en la igualdad y que no malgaste recursos. No un turismo obsesionado con cifras crecientes pero que acaba empobreciendo el conjunto de la sociedad.

“Un buen país” se entiende mejor en el contexto en que está escrito. En las conclusiones, Puig afirma que ninguno de los dos grandes partidos que gobiernan el estado desde la Transición (PP y PSOE) están dispuestos a cambiar de modelo. “Porque los obligaría a gestionar los asuntos públicos con más integridad, con más rigor y con menos arbitrariedades”. También desconfía de los nuevos (ni la Renta Mínima Garantizada de Podemos ni el Complemento Salarial de Ciudadanos le satisfacen).

De hecho, el título del libro nace de la reflexión del autor en torno a unas recientes palabras de Artur Mas en el sentido de que Catalunya será capaz de hacer “un buen país”. Y en el prólogo, el economista afirma que es optimista, porque tiene la “convicción de que, aunque no seamos más que un país mediocre, convertirse en un país de primera está exclusivamente en nuestras manos”.

Un país decente, de hecho, es otro país. Un nuevo país.

(Publicado en La Vanguardia el 13 de septiembre de 2015)

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