La abeja laboriosa

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Sobre el ascenso y caída de José María Ruiz Mateos
La imagen más conocida de José María Ruiz-Mateos es de 1989. Está en la puerta de un juzgado madrileño y se abalanza sobre el ya exministro de Economía y Hacienda, Miguel Boyer, al grito de “que te pego, leche”. Le da un manotazo en la cabeza y las gafas del exministro acaban en el suelo. Hubo más apariciones estelares. Como las de vestirse de nazareno o de Superman para ir al juzgado. Su fuga a Londres o su detención en Frankfurt. O la creación de un partido político a las europeas con el que obtuvo dos escaños. E incluso la compra del Rayo Vallecano en 1991 para poner a su señora de presidenta.
Ninguna de esas imágenes histriónicas permite entender la influencia que llegó a tener este hombre en la economía española de los 70. Hijo de un corredor de vinos, profesor mercantil, Ruiz-Mateos constituyó un holding empresarial y financiero, Rumasa. Había bancos (el Atlántico, Bankisur, la Masaveu), grupos hoteleros (Hotasa), grandes almacenes (Galerías Preciados, Almacenes Sears), bodegas, constructoras e incluso una firma de lujo (Loewe). Más de 65.000 personas empleadas, aunque ese dato, como la facturación, debe ponerse siempre en cuarentena.
El símbolo de Rumasa era una abeja. Una alusión a la laboriosidad de la que siempre hizo bandera, un guiño a la religiosidad, folklórica y mariana, que siempre exhibió. También en lo personal: tuvo trece hijos con Teresa Rivero. Miembro activo del Opus Dei, su ascenso y caída fue siempre leído en sintonía con esa pertenencia. Pero incluso los más próximos a esas convicciones (Luis Valls Taberner, expresidente del Banco Popular) le dejaron caer cuando llegó la hora.
Rumasa era la abeja laboriosa. Pero la colmena no pagaba a Hacienda. Ni a la Seguridad Social (la deuda alcanzó los 29.000 millones de pesetas). El agujero patrimonial se cifraba en 110.000 millones de pesetas. El 23 de febrero de 1983, el recién llegado gobierno del PSOE expropió el holding en lo que muchos sectores de la derecha española –que nunca retiraron su apoyo a Ruiz-Mateos– vieron como un “golpe” económico. En realidad, la operación diseñada por Miguel Boyer estuvo bien calculada. Irritó al viejo establishment, pero contó con el apoyo tácito del sector financiero,
inquieto por las prácticas poco orto­doxas de los bancos de Rumasa. El PSOE pudo mandar el mensaje de que había llegado el cambio.
La expropiación abrió una larga guerra judicial que acabó en el Constitucional. El holding resultó ser una maraña gobernada por una doble contabilidad y participaciones cruzadas entre empresas y bancos que requirió años para ser desentrañado. Desde 1978, cinco años antes de la expropiación, el Banco de España había alertado a Ruiz-Mateos de que la concentración de riesgo de sus bancos (en sus propias empresas) era excesiva. Pero desoyó esas advertencias. Confió en su impunidad, sus amistades, y en un entorno que siempre le aplaudió (en 1989 obtuvo 600.000 votos, casi todos en Madrid y Andalucía) y pudo salvaguardar gran parte de su dinero en el exterior.
Ese dinero reapareció en 2004, cuando el patriarca dejó la gestión del grupo a sus seis hijos varones. La Nueva Rumasa (con empresas como Dhul, Garvey, Sandeman) fue tan poco amante de la ortodoxia como lo había sido el negocio del padre. En cinco años ya había acumulado medio centenar de causas judiciales. El último escándalo tuvo lugar hace sólo seis años, una emisión de pagarés al 8%. En esa inversión quedaron atrapados un buen número de inversores. ¿Incautos? Los Ruiz-Mateos respondieron que quien compra un pagaré ya sabe a qué se arriesga. Si ustedes miran la lista de nombres de los que invirtieron, encontrarán apellidos de importantes familias jerezanas y sevillanas. ¿Por qué se dejaron embaucar? ¿Sólo por codicia?
Misterios de la abeja.
(Publicado en La Vanguardia el 8 de septiembre del 2015)
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