El síndrome de China

Sobre el lunes negro en la bolsa de Shanghai

En el 2008, año en que la crisis financiera arreciaba en Wall Street y Lehman Brothers quebró, los dirigentes chinos, que tenían ingentes sumas de dinero invertidas en bonos del Tesoro estadounidense, expresaron su decepción al saber que el primer centro financiero del planeta gestionaba tan mal sus problemas. Siete años, después, es toda la comunidad financiera internacional la que mira de reojo a las autoridades chinas, porque ya no saben qué pensar de su capacidad para resolver el embrollo financiero en el que se han metido después de que la Bolsa de Shanghai se desplomara ayer un 8,49%, la mayor caída en ocho años.
Pero el desplome de ayer en las bolsas está directamente relacionado con la manera que se solventó la crisis financiera del 2007, su último capítulo después de que la Reserva Federal –y más tarde el BCE– inundaran las economías con liquidez y la comunidad financiera alimentara la creencia de que China y las economías emergentes (Brics) iban a ser las locomotoras del crecimiento mundial.
Recuerden. Hace cinco años los bancos centrales occidentales y el FMI recetaron como salida a la crisis europea un modelo de crecimiento basado en las exportaciones. Austeridad en casa, ventas en el exterior. Ese modelo ha funcionado, en parte, mientras ha habido países capaces de comprar. El que más, China, con incrementos del PIB de dos dígitos (en el 2011 todavía creció un 10,6%). Pero en el 2014 creció un 7,4% y ahora espera hacerlo un 7% (muchos ya piensan que será menos).
Xi Jiping, el primer ministro, que tiene la lucha anticorrupción y la modernización económica como grandes prioridades, ha intentado gobernar ese viraje hacia una economía con un crecimiento más suave y sostenible y más equilibrado. Más basado en el consumo y menos en las exportaciones. Orientado a renovar una industria estatal obsoleta y con sobrecapacidad.
En julio llegó el primer síntoma de que ese viraje tenía riesgos. Las exportaciones habían caído un 8,3%. El 11 de agosto, el Banco Popular de China, el banco central, anunció una devaluación del yuan (primero del 2%, pero que en tres días alcanzó el 4%). Las autoridades chinas lo vendieron como un intento de adaptar la moneda a la oferta y la demanda (después de años de apreciación). Pero algunos sospecharon que lo que trataban de hacer era devolver algo de competitividad a sus exportaciones.
El viernes pasado llegó otra mala noticia. La producción en las fábricas chinas había caído al nivel más bajo desde el 2009. China daba síntomas de que quizás no manejaba tan bien ese cambio. Los precios del petróleo, ya tocados por la sobreoferta, bajaron todavía más ante el previsible descenso de la demanda. Y los operadores de los mercados de materias primas actuaron igual.
Pero donde más eco tuvieron las malas noticias fue en las bolsas chinas (Shanghai y Shenzen). A diferencia de las bolsas occidentales, en las que mandan los grandes fondos, en China operan mayoritariamente inversores particulares (unos 90 millones). Son el producto de la política inducida por el Gobierno, que ante los síntomas de estallido de la burbuja inmobiliaria, animó a sus ciudadanos a invertir en bolsa y financiar sus empresas.
Los chinos eran grandes ahorradores. Ya no lo son tanto y han invertido en bolsa sin mirar muchas veces qué hacían. Hasta alimentar una fenomenal burbuja que ahora ha pinchado.
Los fenomenales desplomes de esas bolsas no son –por tanto– un buen barómetro de la marcha de la economía. Pero sí de las expectativas de los ahorradores chinos, que han confiado en que su Gobierno no les dejara tirados. Y eso es lo que ha intentado evitar el banco central chino en los dos últimos meses. Primero mediante la compra masiva de acciones a través de empresas públicas. La noche del domingo informó de que el gigantesco fondo de pensiones estatal chino iba a invertir hasta el 30% de sus fondos en bolsa. Pero los inversores chinos (y eso explica en parte la caída de ayer) esperaban una intervención directa. O peor, los analistas lo consideraron una decisión desesperada (y peligrosa, ¿y si se desata una crisis en las pensiones?).
Paul Krugman ha escrito hace una semana en TheNew York Times que las autoridades chinas no tienen ni idea de lo que hacen. La mayor parte de analistas no piensa así. Constatan sólo que el Ejecutivo de Xi Jinping tiene grandes problemas y que está perdiendo la credibilidad de que gozaba hasta ahora.
Ayer, entre las 14 y las 16 (hora española), los mercados bursátiles enloquecieron por esa pérdida de confianza. De repente descubrieron que el que ha sido el consumidor de último recurso de la economía mundial (como antes de la crisis del 2007 lo fue Estados Unidos) puede dejar de serlo. Frankfurt cayó porque las empresas alemanas venden allí su maquinaria. Londres porque es la sede de las grandes compañías mineras. Y así todos… La moderna maquinaria informática de las bolsas mandó una única orden: vender.
China pesa mucho. Importa componentes y bienes del Sudeste Asiático. Materias primas y petróleo, de África, Latinoamérica y Asia Central. La banca americana ha financiado los sectores constructor e inmobiliario. Como Estados Unidos en el 2007, China es hoy un país endeudado. Menos, pero lo es. Los analistas señalan que al banco central de China le queda mucho margen de maniobra. Y que tarde o temprano encontrará la solución y llegará el rebote en las bolsas. Pero ayer, por unas horas, nadie confió en eso. Y ganó fuerza la impresión de que el modelo de crecimiento de los últimos ocho años, basado en los Brics, ha tocado a su fin.
(El Síndrome de China, que dio lugar a una película protagonizada por Jack Lemon y Janet Fonda en 1979, especulaba con la hipótesis de la fusión de un reactor nuclear en EE.UU. cuyo núcleo se hundía y atravesaba el globo hasta las antípodas, que estaban en China. Hoy se sabe que aquella hipótesis era pura imaginación. Es de esperar que el particular síndrome de China que vivieron ayer las bolsas mundiales se quede en un simple aviso).
(Publicado en La Vanguardia el 25 de agosto del 2015)
GREG BAKER / AFPGREG BAKER / AFP
Xi Jiping, primer ministro, en una valla en el centro de Pekín
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