Politizada en Barcelona

La trayectoria de Delfina Rossi prueba que la marca Barcelona es más versátil de lo que creíamos

Barcelona es un laboratorio. Para bien y para mal. Ciudad postindustrial, entregada al turismo de masas y al comercio. Y al mismo tiempo, todavía con una potente clase media que se expresa con valores de la vieja sociedad industrial.

La ciudad es ahora epicentro simultáneo de dos revueltas de diferente intensidad. La de una parte importante de la población que la tiene por la capital de un país que, en sólo una década y por agotamiento, ha tirado la toalla ante un Estado que siente lejano y esclerotizado y del que se quiere separar. Y en paralelo, es escenario del calentón de una izquierda social que ha catalizado en torno a las protestas anti-austeridad, pero que es fruto de un peculiar microclima político (sólo comparable con el de Atenas y alguna capital latinoamericana). Su hito ha sido colocar Adau Colau en la alcaldía.

Gente de orden del sur que quiere un país ordenado que se parezca a los del norte de Europa, aunque vive en un mundo de cultura indudablemente latina (con todo lo que eso implica). Y en otro barrio, gente educada en instituciones homologables a las del norte pero impregnada de un romanticismo académico que mira hacia el sur y que muchas veces parece estar protagonizando un revival de los años setenta.

Vista desde fuera, la ciudad puede resultar incomprensible. Desde 700 kilómetros de distancia, lo es ya del todo, porque la dinámica política distorsiona la lectura mediática. Entre estas distorsiones destaca la que la presenta como una ciudad que ha dejado de ser cosmopolita. Esa visión parte del recuerdo mitificado del pasado. Y además no tiene en cuenta el universo económico y académico de una Barcelona en la que las empresas están más internacionalizadas que nunca, la gente viaja más que nunca y salta de una universidad a otra sin aparentes problemas.

La trayectoria de Delfina Rossi, veintiséis años, que acaba de ser nombrada directora del estatal Banco Nación de Argentina, es representativa (de una parte) de la historia reciente de la ciudad. Delfina llegó de Argentina en el año 2002. Se licenció en economía en la Autónoma (donde el sol californiano todavía calienta). Participó en las protestas contra la guerra de Iraq. Y acabó presentándose por las listas de ICV-EUiA a las europeas del 2014. Rossi termina su perfil de Twitter, y su brillante currículum académico, con un “politizada en Barcelona”, frase que hay que enmarcarla porque refleja cuan versátil es la marca de la ciudad.

Hace un año Rossi decía que estaba “en contra de los negocios de las grandes empresas corporativas” y utilizaba la consigna “Fuck the troika!”. Las afirmaciones no cuajan con el futuro de banquera que la espera. Pero deben gustar en el entorno de Cristina Kirchner, tan teñido de populismo, otro elemento presente en esta nueva izquierda local.

Un último detalle. Delfina Rossi es hija del actual ministro de Defensa argentino, Agustín Rossi. Hecho que no desmerece todo lo que se acaba de decir.

(Publicado en La Vanguardia el 15 de agosto del 2015)

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