Sitios en los que vivir

Las ciudades de éxito están dejando atrás el coche y se abren a la bicicleta, a pasear y a la cultura, mucha cultura

China dominará el mundo. Pero no sus ciudades. Wade Shepard, escritor de viajes especializado en Asia, ha publicado un curioso libro, Ghost cities of China, en el que recorre las ciudades creadas por el Gobierno de Pekín en las afueras de Shanghai o Guangdong. Son réplicas de ciudades británicas, alemanas, de Venecia, de Amsterdam… En The Guardian cuenta como en una de ellas, Hallstatt (reproducción de una localidad austriaca) “el parecido con la ciudad original está cuidado al mínimo detalle… incluso se oye cantar a los pájaros a través de altavoces ocultos”. Pero, advierte Shepard, si uno consigue colarse en el interior de los edificios, descubre que están vacíos. Son ciudades fantasma.
Son ciudades planificadas para albergar a miles de trabajadores que deben reforzar el crecimiento de la mayor economía del planeta. Permanecen vacías durante años hasta que el Gobierno obliga a las empresas a instalarse allí y las acaba poblando. Buscan reproducir el encanto de las viejas urbes europeas. Pero son decorados de cartón piedra, como el Poble Espanyol de Barcelona o los parques temáticos. Enclaves fantasma que al final acaban como el resto de las ciudades asiáticas: contaminadas, con atascos de tráfico kilométricos. Ciudades en las que ningún occidental querría vivir.
Las ciudades fantasma son una muestra del delirio de la planificación urbana china. Y la prueba de que una gran ciudad no se puede improvisar. Son resultado de una herencia de siglos y de saber preservar la historia. Las ciudades globales compiten hoy por el capital y el talento. Y según el reciente Chicago Forum on Global Cities, las ciudades preferidas son las que están dejando atrás el coche. Son ciudades que dan preferencia a la bicicleta, con grandes parques para pasear, terrazas soleadas, barrios equilibrados y arte, mucho arte y mucha cultura. Es ahí donde va el talento. Y el capital.
El escenario que emerge de este panorama parece idílico. Pero tiene sus amenazas. La primera, que pueden ser destruidas por el turismo de masas (salvando las distancias, aunque no tantas, Barcelona intuye algo de eso). La segunda, que acaban siendo refugio para los más ricos (Londres y Nueva York ya son ejemplo de ello).
Y en ese éxito, muchas veces, está la semilla de los problemas futuros.
(Publicado en La Vanguardia el 6 de junio del 2015)
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