Vértigo

La velocidad del cambio de modelo de Barcelona fuerza ahora su corrección. ¿Hay consenso para hacerla?

Vértigo. Ada Colau vence en las elecciones municipales de Barcelona y proliferan las explicaciones. El Instituto Nacional de Estadística indica que el número de ciudadanos amenazado por la pobreza supera el 22% (casi dos puntos más que al inicio de la crisis) y que ese riesgo alcanza el 30% entre los más jóvenes. El presidente del Cercle d’Economia incide en ello con unas manifestaciones de aroma académico y socialdemócrata, inhabituales en una institución que representa a la élite barcelonesa. Para Antón Costas, su presidente, el éxito de la can-didata de Barcelona en Comú tiene mucho que ver con una “fractura dolorosa y duradera”. La urgencia, advierte, es evitar la crisis social.

Ocho años de crisis, cinco años de reformas y una recuperación que dibuja una sociedad bastante diferente a la que inauguró la primera mitad de los 2000. Los costes de la crisis se han repartido de forma desigual.
Ocho años en los que Barcelona ha experimentado un profundo cambio. El que va de la ciudad industrial y anónima de los años 80 a la ciudad marca visible en el mapa global y en la que el turismo ha alimentado un modelo en el que el sector inmobiliario y hotelero han reciclado unas magníficas plusvalías.

Es difícil imaginar hacia dónde podía haberse dirigido Barcelona. Xavier Trias ha sido el gran damnificado de este contexto. Ha sido el espejo visible de las estrecheces de las políticas del gasto social y de un partido que ha visto cómo su principal referencia, Jordi Pujol, dilapidaba el trabajo de años. Trias ha sido en parte víctima de la política de una CiU que inició los recortes del gasto con convicción ideológica, pero al que se le acabó pronto la fe al ver la trampa en la que se había metido. Trampa para elefantes: la de dar la cara y ver cómo el Gobierno central te la partía a base de escatimar la financiación para servicios sociales.

Pero los cuatro años de Trias no han sido tan especiales. Han culminado el camino abierto por un gobierno de izquierdas del que formaban parte algunos de los actuales socios de Ada Colau (Iniciativa). Un camino que, con tropiezos, abrió la puerta a las sociedades público-privadas en servicios esenciales y a los grandes pactos urbanísticos.
La velocidad del cambio, su éxito, ha tenido un alto precio. Demasiados cambios, quizás, para una ciudad que urbanistas y sociólogos definieron en los 90 como modelo de ciudad compacta, socialmente equilibrada y poco segregada. Demasiada velocidad para el tránsito a una economía en la que las desigualdades son más visibles y que tiene en los bajos sueldos del turismo el mejor ejemplo. Demasiada crudeza para pasar de la ciudad de clases medias industriales a la de empleos que no llegan a fin de mes.

Sístole y diástole. Ha llegado el momento de la corrección. De corregir los excesos del sector turístico. De revisar determinado tipo de prácticas. De redefinir las prioridades del gasto municipal. Otra cosa es cómo se hará y cuál será el grado de consenso de la corrección.

(Publicado en La Vanguardia el 30 de mayo del 2015)

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