Acelerar la historia

La crisis migratoria de Europa muestra la cara más áspera de la globalización y la ausencia de orden global

El primero en explicarlo de manera fácil fue Richard Freeman, economista especializado en laboral de Harvard. Freeman contaba cómo en 1980, la mano de obra global era de 960 millones de personas. Veinte años después, la demografía elevaba esa cifra hasta los 1.460 millones. En paralelo, con la caída del Muro de Berlín, China, India y Rusia se incorporaban a ese mercado aportando otros 1.470 millones de personas. En suma, en veinte años, la oferta de mano de obra global había doblado. Freeman vaticinaba -lo escribía en el 2000- que los salarios y las condiciones de los trabajadores en el primer mundo iban a empeorar. Y que el gran reto de la política iba a ser parar el golpe y gestionar esa transición.

Las cosas han ido como imaginaba Freeman. La globalización ha destruido mucho empleo no cualificado. Y las autoridades políticas tienen serios problemas para gestionar esa situación, que se traduce en paro de masas en algunos países y en subempleo en casi todos.

Lo que nadie imaginaba era el ritmo que iban a tomar los acontecimientos. Para Freeman, como para otros economistas, las migraciones eran una variable de ese escenario: erosionaban los salarios de los menos cualificados, pero compensaban el envejecimiento de las sociedades occidentales. Así fue hasta no hace tanto, cuando las migraciones respondían al deseo de mejorar las condiciones de vida del que emigraba. Los españoles que se fueron a Alemania en los 60 o los marroquíes que llegaron aquí más tarde querían anticipar su acceso al paraíso del consumo. ¿Por qué esperar una generación a que tu vida mejore si puedes conseguirlo en dos o tres años marchándote? Es lo que motivaba a los más inquietos. Tomaban el atajo y se plantaban en el Primer Mundo. Después vendrían los problemas de integración social y cultural y social…

Pero lo ocurrido en el último año supone un salto de escala no previsto. Los miles de personas que parten de Libia hacia Italia, que atraviesan el Estrecho en patera o huyen de Siria a través de los Balcanes no tienen en la cabeza el cálculo de los que les precedieron. No piensan en el paraíso, sino en sobrevivir. Su éxodo no es fruto del cálculo, sino de la desesperación, de la guerra y de la proliferación de estados fallidos.

El fenómeno es tan masivo que Europa queda paralizada. Sólo sabe bombardear las naves de los traficantes o discutir qué cuota de acogida le toca a cada país. España, que presume de modelo frente a los socios europeos, debe aclarar que no puede acoger la cuota que se le asigna “porque tiene un paro que supera el 20% y primero tiene que encontrar trabajo para ellos”, según las sinceras palabras del ministro García Margallo esta semana. La historia se acelera. Perdida la oportunidad de gestionar una transición compleja, lo que queda ahora es esperar a que la crisis no empeore y ponerles las cosas difíciles a los recién llegados.

(Publicado en La Vanguardia el 23 de mayo del 2015)

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