Picasso y los megarricos

Cuando alguien compra algo por 179 millones es porque sabe que podrá revenderlo en el futuro a un precio superior

Un coleccionista barcelonés, residente en un edificio de Sert en la zona alta de la ciudad, vive rodeado de obras de arte. Un Mao de Warhol te asalta nada más entrar en la vivienda, y lo menos que te puede ocurrir si vas a la terraza es que tropieces con una escultura de Calder. El coleccionista asegura que compra obras de arte por el placer de contemplarlas. Tanto es así, que carga con sus pequeños Miró cada vez que se va de viaje para colgarlos en la pared de la habitación de los hoteles que frecuenta.

Dicen que el valor de una obra de arte es difícil de determinar al margen del placer estético de contemplarlo. Pero cada vez que se vende una de esas obras, todo el mundo se apresura a determinar si se ha alcanzado un nuevo récord en el valor de compra. El lunes pasado, Christie’s vendió en subasta “Les femmes d’Alger (Version O)” de Pablo Picasso, a un comprador anónimo por 179 millones de dólares (160 millones de euros). Y, efectivamente, la venta de ese Picasso, pintado en 1955, superó el récord fijado en 2013 por un cuadro de Francis Bacon,”Three Studies of Lucien Freud”, por 142 millones de dólares (unos 129 millones de euros).

La sucesión de récords lleva a la errónea percepción de que el arte es una burbuja que nunca pincha. No es exactamente cierto. Pero sí lo es que la compra de arte se ha convertido hoy en una extendida fórmula de inversión alternativa. En 1997 el cuadro de Picasso había sido vendido por 31,99 millones de dólares. Parece un salto enorme comparado con los precios pagados el lunes pasado. Pero no es seguro que el rendimiento obtenido no hubiera sido mayor en el mercado inmobiliario o en la bolsa.

Placer estético, inversión y, claro, recompensa social. Comprar arte da estatus. Lo saben las entidades financieras, que invitan a sus mejores clientes a cenas en los museos para que puedan extasiarse –es un decir- con las exposiciones que financian antes de que las abran al gran público. Lo sabe también ese oligarca ruso de ficción, Sergei Korolyov, que en la última novela de Tom Wolfe, “Bloody Miami”, encarga falsificaciones de cuadros para donarlas al museo a cambio de ver un día su nombre grabado en piedra en la fachada. Y no hay mayor éxito social que cuando una gran galería o museo te pide en préstamo un cuadro del que eres propietario para exponerlo…

Pero si algo revela la escalada en los precios del arte es el incremento global de la riqueza, y de la desigualdad. No es lo mismo invertir 30.000 euros que 160 millones. Si alguien compra un Picasso a ese precio, es porque tiene la seguridad de que no perderá dinero, y que tarde o temprano alguien estará dispuesto a pagar más por esa obra. Porque, tal y como ha revelado la entrada de compradores asiáticos en ese mercado, hay muchos más megarricos que hace dos décadas. Y a pagar cifras astronómicas por el pintor que esté más a la moda.

(Publicado en La Vanguardia el 17 de mayo del 2015)

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