Anna y Patrícia

El gran cambio social está en la frágil conexión de las nuevas generaciones con los empleos que encuentran

Anna está en cuarto de carrera. Estudia medicina y tiene un buen dominio del inglés. Desde hace unos meses trabaja para una empresa alemana que comercializa aparatos de diálisis a particulares. Su única herramienta de trabajo es un teléfono móvil al que los clientes potenciales llaman para informarse. Ocasionalmente, si llegan a concertar una entrevista con los médicos alemanes, actúa como intérprete en los encuentros. A Anna, 21 años, la llaman muchas veces de noche, cuando ya está en casa. A esa hora, su compañera de piso, Patrícia, no ha llegado. También estudia medicina, pero no acaba de gustarle. Trabaja, viernes y sábados, en una gran superficie de productos deportivos.

El único contacto que ha tenido Anna con la empresa que la contrató fue una entrevista que tuvo hace ya meses con un señor alemán que se desplazó a Barcelona para sondear sus conocimientos. Quedaron en el Zurich de plaza Catalunya. Después le llegó por correo un contrato privado. Su lugar de trabajo es la habitación en la que duerme. Lo de Patrícia es diferente. Está harta de trabajar sólo cuando la llaman. Como Anna, no considera en absoluto que esté mal pagada. Su problema es que trabaja poco. Nunca lo dirá, pero muchas veces ha deseado que sus compañeros de trabajo se pongan enfermos (cosa que casi nunca ocurre) para que la llamen también otros días en los que hay puntas de trabajo. Quiere trabajar más.

En ocasiones, Anna y Patrícia miran juntas la televisión. Lo que más les gusta es Masterchef, ese programa de aprendices de cocinero en los que se humilla a los participantes. A veces, mientras esperan a que empiece el programa, se cuela alguna noticia. Como esa en la que se ve a un centenar de personas en huelga indefinida en una empresa del metal en reconversión. Miran y ven a un grupo de cincuentones panzudos que se niegan a volver al trabajo. No entienden por qué actúan así. En realidad no les interesa lo más mínimo lo que les ocurra. Los ven tan lejanos como a las enfermeras y médicos con los que hacen prácticas en los hospitales. Gente que va a la suya y con la que comparten muy poco.
El viernes de hace una semana, el 1 de Mayo, vieron a mucha gente mayor manifestándose por Via Laietana. Anna lo encontró tan exótico que sacó el iphone y les hizo un par de fotos. Un chico de su edad -pensaron que el más joven de la manifestación- se les acercó. Parecía tan simpático que le escucharon un rato. Les contó que los sindicatos se crearon para obtener mejores condiciones de trabajo y que si estaban unidos, las cosas irían mejor. Anna pensó que hacía años que no conocía a nadie tan ingenuo. Patrícia no dijo nada. La cara del chico le resultaba tan familiar que se preguntó si no sería uno de los concursantes del último Masterchef. O quizás no… Al final, el chico les dio unos folletos y se fue para perderse en el grueso de la manifestación.

(Publicado en La Vanguardia el 9 de mayo del 2015)

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