Un ascensor averiado

Las oportunidades que tuvo la generación del ‘baby boom’ no se van a repetir entre los ahora adolescentes

Uno de los actos sociales más complejos que existen son las cenas de compañeros de instituto. Empiezan a darse cuando la gente supera los 40, reaparecen a partir de los 50 y dan lugar, en ocasiones, a situaciones embarazosas. La más común, la de la identificación. “¿De verdad no te acuerdas de mí?”. Y uno no tiene más remedio que decir que sí porque sólo quiere salir del mal trago. Pero el momento más incómodo es cuando se pasa revista a cómo le ha ido a uno en la vida. Están los que les ha ido bien, los que les ha ido mejor y los que les ha ido mal. Los que apuntaban alto y hoy callan y los que siempre suspendían asignaturas y ahora aparecen como ganadores.

Por fortuna, las redes sociales han resuelto en parte el problema. Es verdad que están sesgadas, porque es improbable que en ellas aparezcan los que peor lo llevan. Pero el día en que no aparece en Linkedin aquel guitarrista de rock siniestro que hoy es responsable de una escuela de ingenieros, irrumpe en Twitter un brillante consultor tecnológico del que sólo recuerdas que no levantaba la cara del pupitre por el terror en el que vivió su adolescencia. Lo sorprendente es que ambos, como yo, procedan del mismo barrio. De la periferia de una ciudad periférica en la que nos tocó crecer.

De vez en cuando vuelvo a ese barrio. Como entonces, sigue estando lleno de gente inmigrada. Antes de andaluces y de catalanes del interior. Ahora de magrebíes. Y, junto a ellos, mucha gente mayor y cada vez menos comercios abiertos. La gente mayor se encierra pronto en casa. Los magrebíes desfilan por la mañana hacia otras zonas de la ciudad con el garfio en la mano para “cazar” en los contenedores. Los sábados se llevan con ellos a sus hijos. Los observas y piensas que no les va a ir tan bien como a los de mi generación. Sean hijos de magrebíes o de locales. Al parecer, el barrio en el que has nacido pesa hoy mucho más que antes. Y el empleo al que puedes acceder no garantiza que tu vida puedas dar un salto a otro escenario.

El economista Thomas Picketty puso la desigualdad en el centro del debate. Después dijo que se le había malinterpretado. Que el hecho de que el capital crezca a mayor velocidad que la economía (su tesis central, para simplificar) no explica el aumento de la desigualdad. No hacía falta precisar. Basta con darse una vuelta para ver cómo están las cosas. Lo que cuento de mi barrio lo explica mucho mejor y con más profundidad (y sin estadísticas) Robert Putnam en su libro “<CF21>Our Kids. The American Dream in Crisis</CF>” sobre los Estados Unidos. Putnam es conservador y republicano, Piensa que por varias razones (pérdida de productividad, una legislación muy influida por las clases altas) las oportunidades que tuvieron los de su quinta no se van a repetir en los ahora adolescentes.

Llámenle nostalgia. Pero a veces ese tipo de cosas explican mejor dónde estamos que tanta cifra macroeconómica.

(Publicado en La Vanguardia el 28 de marzo del 2015)

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