Ser como Varufakis

Como los héroes mitológicos, el economista griego surge del caos creado por las políticas europeas

Quiero ser como Varufakis. Salir de la sede del Banco Central Europeo en Frankfurt después de hablar con Mario Draghi y conceder una rueda de prensa a pie de calle vestido “casual”. Poder citar a Lenin y a Lennon con idéntica soltura. Ningunear a Jeroen Dijsselbloem (presidente del Eurogrupo) como al burócrata obediente que es, no como yo, economista brillante. Quiero sentirme como Varufakis y pensar que tengo detrás a todo un pueblo. Decirle a la cara a Wolfgang Schäuble que sus recetas económicas han provocado el sufrimiento entre mi gente.

¿Quién no querría ser como Yanis Varufakis, alguien capaz de enfrentarse a los mercados cuando el pulso entre estos y las democracias se inclina cada vez más en favor de los primeros? Hay quien interpreta la aparición de este gigante de cráneo rasurado y cuello robusto, como salido del casting de 300 (la película-tebeo sobre los espartanos que frenaron al persa Jerjes en el paso de las Termópilas) como el regreso de la política a Europa. Pero también hay quien lo ve con horror, como el ángel exterminador que puede dar el empujoncito final a un continente en riesgo de implosión política.

Como los héroes mitológicos, Varufakis nace del caos. Del caos creado por una Europa que no ha sabido calibrar los efectos de sus políticas. Porque una cosa es la austeridad. Y Grecia está condenada a ella porque ha gastado más de lo que tenía y porque es una economía nada competitiva. Grecia (sus dirigentes) ha engañado a Europa y ha recibido miles de millones de euros en rescates. Pero esa austeridad nunca se reparte de forma equitativa. Siempre pagan los mismos. Al fin al cabo, esos rescates han servido para pagar a unos acreedores (la banca) que prestaron allí donde no debían.
A las élites les cuesta a veces entender las virtudes de los equilibrios. Tienen que ser interpelados por la realidad. En la primera mitad del siglo XX, fue la amenaza del comunismo la que las forzó a la extensión del estado del bienestar y de otros sistemas de protección de los desfavorecidos. Pero fueron las sociedades industriales las que apuntalaron esa democracia.

Dani Rodrik, un economista más discreto y centrado que Varufakis, alerta en un trabajo reciente de cómo la dura competencia internacional está desindustrializando a los países emergentes con mucha mayor rapidez de que lo hizo en su día en Europa y Norteamérica. Para Rodrik la desindustrialización prematura es un drama. Sin industria, razona, hay menos crecimiento y más dificultades para que esos trabajadores llegados del campo accedan a la clase media. Es de la industria de donde nace la solidaridad, la que crea las disciplinas colectivas y la que, en último término, crea los partidos de masas. Sin ese contrapeso, en una sociedad de servicios baratos y de economía informal, las elites se sienten poco motivadas a negociar. Las democracias se tornan más frágiles, una sombra de lo que deben ser.

¿Es Varufakis la oportunidad que necesita Europa o el hombre que anticipa lo peor por venir?

(Publicado en La Vanguardia el 7 de febrero del 2015)

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