Ideas en el desierto

El éxito de las democracias está en el aumento de los salarios y los estándares de vida de las familias

Hay que ganar la batalla de las ideas. Es lo que dicen políticos y analistas cuando se enfrentan a problemas sociales complejos. Atentan los del Estado Islámico en el corazón de París o gana Syriza las elecciones en Grecia, la respuesta siempre es la misma. Hay que saber vender un futuro alternativo mejor. El problema es que el sistema atraviesa una sequía creativa que dura años. Siempre existe la tentación de echar la vista atrás, a los 60 y 70 del siglo pasado, y constatar que aquella fue una época proclive a la imaginación. Pero la nostalgia es mala consejera. Lo que importa es constatar que aquellos fueron años optimistas. Ahora, estarán de acuerdo, los sentimientos que predominan son la incertidumbre y la inseguridad.

Davos se creó como un espacio en el que dirigentes políticos y económicos se entregaban al networking. Por la mañana esquiaban. Por la tarde cuadraban agendas, vendían propuestas y se iban de cóctel. Con los años devino también un termómetro de las ideas-fuerza que iban a dominar el panorama (a veces con escasa capacidad de anticipación, cierto). Pero el grado de desconexión de los que se reúnen en la localidad suiza con los males del exterior se ha hecho flagrante esta semana.

En Davos se ha hablado de geopolítica, de cómo demonios se arregla lo de Ucrania y lo de Siria. De la energía, de lo mal que lo van a pasar las monarquías petroleras con la bajada de los precios. De China, de la seguridad con la que sus dirigentes afirman que no habrá un aterrizaje forzoso de su economía. De Europa, de lo bien que lo hace Mario Draghi pero de que hay que seguir con la disciplina. E incluso de España, buen alumno de las instituciones internacionales.

Pero ha habido pocas menciones a la desigualdad, a cómo ésta aumenta y amenaza el crecimiento en las democracias avanzadas. Porque las deslegitima. Porque estrecha el espacio de las clases medias, que son las que le dan estabilidad y algo de alegría al consumo cuando se dejan ir. Porque es una desigualdad que nace también de la última oleada tecnológica, que no ha resuelto cómo crear empleo (sólo ha demostrado saber destruirlo). Porque incluso en las recuperaciones son economías que crean empleo de mala calidad (esta semana Àngels Valls, de Esade, alertaba del incremento del empleo femenino en detrimento del masculino, reflejo de ese fenómeno).

Por suerte, el off Davos sí ha tomado nota de lo que está ocurriendo. Dos apuntes. Uno, el informe de Oxfam, que indica que la riqueza del 1% de la población más beneficiada superará en 2016 la del 99% restante. Otro, un artículo de Larry Summers en el que advierte que la clase media es básica para crecer. Nada es más importante para el éxito de las democracias industriales, concluye, que el incremento sostenido de los salarios y los estándares de vida de las familias trabajadoras. Pues eso.

(Publicado en La Vanguardia el 24 de enero del 2015)

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